Te regalo una casa en Madrid

Mientras cebaba unos mates en el balcón aquella tranquila tarde de sábado, me acomodaba en la reconfortante soledad de mi casa. Mis hijas estaban con el padre hasta el lunes y yo tenía preparado un plan fabuloso: terminar de organizar mi primer viaje a Europa

Sólo faltaba un mes para irme y aún tenia varios pendientes. El más crítico era el alojamiento en Madrid. La demora se debía a un molesto tema financiero: mi liquidez monetaria era escasa y me limitaba a una o dos compras por mes.

En medio de la sangrienta batalla que sostenía con mi economía presupuestaria, recibo un pedido de socorro de una amiga: NECESITO QUE ME ACOMPAÑES A UNA FIESTA🥳 

La orden era indiscutible y no había escapatoria.

Mi fabulosa velada de sábado se hizo humo en un instante.

La “fiesta” resultó ser un asfixiante amontonamiento de gente apilada en un diminuto loft de Palermo. Al mejor estilo de un sauna improvisado, los deshidratados invitados tratábamos de mitigar la calidez del ambiente con turnos rotativos de permanencia en alguno de los dos balcones franceses del inmueble donde, ocasionalmente, se insinuaba un tibia brisa salvadora. 

Por fin llega mi turno para el balcón. Apoyada contra el marco de la ventana encuentro a otra acalorada asistente del festejo que intentaba exprimir las últimas gotas a una lata de cerveza vacía. El inevitable comentario “que calor” brotó en simultáneo y las dos largamos la carcajada. A los 5 minutos hablábamos como grandes amigas. 

”Tenés un acento raro, de dónde sos?” le pregunté con la confianza nacida del sofocón fiestero. 

”Soy argentina, pero viví 7 años en España. Volví hace una semana” me responde Chantal.

”Wowww qué bueno! Yo voy el mes que viene, es mi primer viaje a Europa”

”Te va a encantar! Vas a Madrid?”

”Sí, es mi último destino”

”Y dónde te quedas?”

”No lo sé, todavía no reservé hotel”

”Olvídate! Te quedas en mi casa, ya mismo le aviso a mi hermana que sigue viviendo allá”

”QUEEEEEE? Nos conocemos hace 8 segundos!⏱y me invitás a tu casa? Y si tu hermana no quiere? Te súper agradezco, pero no… por favor”

”No seas tonta! Mi hermana no tiene problema, te quedas en casa y listo! No se habla más!” sentenció Chantal, mientras escribía un mensaje en su celular.


Al otro día amanecí con el llamado de Chantal.

”Listo! Ya hablé con mi hermana. Está todo arreglado para que te quedes en casa” sentencia con determinación.

”Vos estás segura?” le pregunté por millonésima vez.

”Ufffff, qué pesada eres, mujer! Te quedás en mi casa JODER!!! Mandale un mail a Mariela y confirmale cuándo llegás”

Todavía abrumada por la invitación de la ilustre desconocida, hice lo que habitualmente hago cuando no sé que hacer: me relajo y que fluya. Mandé el correo con la información logística y decidí olvidarme del tema Madrid.

Hasta que llegó el momento de ir a Madrid. 

Todas las inquietudes me acosaron de golpe. Y si la hermana era una psicótica o traficante de órganos o asesina serial? Me torturaban los peores temores imaginables.

Porqué aceptaste esto? Sos una irresponsable! y mil reproches más me flagelaban mientras esperaba mi maleta en la cinta giratoria del aeropuerto de Barajas. 

Agobiada por escabrosas pesadillas imaginarias, enfilé rumbo al metro. Mientras caminaba ensimismada con mis terroríficas elucubraciones, me pareció oír un grito lejano. ”MAJOOO SOS VOS?” escuché a la distancia, pero no le dí importancia. Nadie me conocía en Madrid.

Entonces lo escuché claro y cercano: Majooooo. Apenas me dí vuelta me encontré perdida en un abrazo inmenso, un inconfundible abrazo argento. 

”Boludaaa, estás sorda? Te estoy gritando hace mil! Soy Mariela” me dice entre carcajadas por mi cara de asombro ilimitado.

Haciendo un esfuerzo mayúsculo logré preguntarle: ”QUÉ HACÉS ACÁ?”

Me mira desconcertada, como si mi pregunta fuera ridículamente inoportuna. 

”Cómo qué hago acá? Vine a recibirte!” me responde con naturalidad, como si tomarte un bondi y un subte, viajar 45 min para ir a recibir a una completa desconocida que tu delirante hermanita conoció hace 15 minutos en una patética fiesta en Buenos Aires y te la manda cual peludo de regalo a tu casa fuera lo más natural del planeta. 

Me abraza otra vez mientras me dice: ”Dale vamos a casa, que cociné un arroz de puta madre!”

En medio de mi monumental asombro, nos subimos al subte rumbo a casa…

Mariela y yo, en la Plaza de la Cibeles.
MADRID, ESPAÑA

Mi cuota de arte, cultura e historia estaba saturada y tenía el cerebro colapsado. Madrid fue el bálsamo sagrado que curó mi agotada existencia, después de 18 días de intensidad acumulada en París, Florencia, Venecia y Roma. Lo único que quería era caminar sin rumbo, horarios o visitas obligadas.

Fueron 4 días memorables. Mientras Mariela trabajaba, yo me perdía por las entrañables calles madrileñas. Nos encontrábamos al atardecer, con la urgencia de contarnos la vida entera, al son de infinitas cañas frías. Teníamos tanto por hacer y tan poco tiempo…

”PREPARATE, PORQUE HOY ROMPEMOS MADRID”

Fue la advertencia de Mariela mientras compartíamos nuestra última cena. Me atraganté con un bocado de tortilla que era la gloria del universo. Eran las 11 y yo estaba lista para dormir, pero mi socia tenía otros planes. Los pocos días compartidos con mi explosiva anfitriona me anticipaban la cruda realidad: tenía una larga velada por delante.

Cerca de medianoche comenzó aquella inolvidable peregrinación nocturna por la movida de Madrid. Descubrí que en el centro de la ciudad hay decenas de tablaos, boliches, antros y tugurios camuflados para despistar a peatones distraídos. Esa noche entramos a 5 diferentes😱!!!

”Aquél se pone bomba tipo 1, a éste volvemos a eso de las 3 y ése de ahí arriba explota para las 5” me informaba mi guía personal, experta en diversiones y afines.

Mientras me resignaba a la idea de no pegar un ojo esa noche, nos internábamos en la tenebrosa oscuridad de un sótano escondido. Cuando estaba a punto de huir de la nefasta covacha, unos acordes desafinados me hipnotizaron automáticamente. 

Detrás de una pesada cortina carmesí se materializó un pequeño escenario de madera donde, bajo unas luces gastadas, el cantaor hechizaba a la audiencia con al arte de su guitarra. Me acomodé en la única silla libre, dispuesta a quedarme a vivir en esa cueva convertida en un legendario tablao flamenco.  

Mientras me perdía en la mágica cadencia de la melodía gitana, mi intrépida socia conversaba sin parar con un  joven y elegante señor calvo…


El joven y elegante caballero pelado iba acompañado de 2 cómplices: uno alto, flaco y casi mudo, el otro un divertido parlanchín de novela. 

La noche se deshacía rápidamente. Los gitanos abandonaron sus cansadas guitarras y el hechizo se terminó. El legendario tablao flamenco volvió a convertirse en un lúgubre sótano escondido.

Afuera ya había amanecido. San Ginés nos esperaba pacientemente, para bautizar el nuevo día con su famosa tradición de chocolate con churros.

Con el cuerpo inflamado de calorías y el corazón desbordando alegría, me dispuse a cumplir mi último ritual pendiente: El Rastro. La visita al célebre e inmenso mercado callejero era el plan perfecto para cerrar mi paso por Madrid. Escoltada por la pandilla de Mariela y los 3 mosqueteros, recorrí los interminables puestos repletos de mareas de turistas bajo el fulminante sol de mayo.

Llegó la hora del adiós. Nos separamos con la felicidad regalada por la risa compartida. 

Contra todo pronóstico imaginable, en medio del bochinche, los gitanos y los churros, la anfitriona de ruidosas carcajadas se enamoró del alto, flaco y casi mudo. Y él de ella.

Horas después me subí al avión que me trajo de regreso. Sellamos nuestra despedida con un nuevo abrazo, inmenso, salpicado de lágrimas de amigas, de las nacen de las entrañas, nos anudan la garganta y nos marcan las mejillas y el corazón.

En unos meses se cumplirán 10 años de aquel mítico viaje que, como siempre te cuento, cambió mi vida. 

Mariela y el alto, flaco y mudo siguen juntos. 

La última vez que estuve en Madrid, me agarró de las manos y mirándome a los ojos con profunda emoción me dijo:

MAJO, QUIERO DARTE LAS GRACIAS. POR VOS CONOCÍ A ANTONIO. TENÍAS QUE VENIR A MADRID PARA QUE ÉL Y YO NOS ENCONTREMOS. TE DEBO MI FELICIDAD. 

Y aunque yo me sentía en deuda eterna con ella, por recibirme y abrir las puerta de su vida incondicionalmente, era ella la que me agradecía a mí! 

Nos volvimos a abrazar, con lágrimas de grandes amigas que se ven muy poco, pero bendicen el día que la vida las juntó. 

Nuestro ultimo encuentro, junio 2015.
MADRID, ESPAÑA

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