Mi gran llegada a Roma

Roma me esperaba pacientemente, con una memorable bienvenida en la frenética Términi.

Mi amada Roma me recibió con pompa y fanfarria.

Empezamos con la deliciosa experiencia de bajar mi odioso valijón roto del tren, continuar con los mil escalones para tomar el subte y subirlo por otros mil en la estación de destino. De premio me gané un legendario dolor de espalda que me acompañó por varios días.

Cargando con mi detestable equipaje, me entregué a la ardua tarea de ubicar el hostel elegido. Su extravagante nombre “Alice in wonderland” me vislumbraba una fachada multicolor, cortinados floreados y exóticas esculturas aguardando divertidas la llegada de los nuevos huéspedes.

La realidad me enfrentó a una inmensa puerta de madera con un descomunal tablero donde 30 timbres aguardaban pacientemente su turno para sonar. Lógicamente NINGUNO de ellos estaba identificado con el ocurrente nombre en cuestión.

“Será muy difícil encontrar un hostel en Italia sin sufrir como testigo falso???” me preguntaba a mi misma, entre sorprendida y desorientada.

Decidí implementar el famoso truco de pararme en la puerta hasta que alguien entre o salga y preguntar. Pero, como diría nuestro querido amigo Tusam, puede fallar…

El primer humano que abrió el portón resultó ser un anciano, de audición limitada y vista deplorable quién, al no entender mi lamentable chapuceo simil italiano, ni descifrar los jeroglíficos del papel que le mostré, optó por ignorarme. El segundo, notoriamente más joven que el primero, componía un auténtico espécimen de la familia de los maleducados, quien respondió a mi desesperada pregunta con un portazo de novela.

Cansada del éxito, acomodé el detestable valijón contra la entrada y me senté sobre él, a la espera de la suerte.

Llegó pronto. Era una rubia altísima de sonrisa eterna. Alemana y huésped del lugar en cuestión, rápidamente me pasó el informe completo: 

1: el hostel estaba en el 3er piso y NO HABÍA ASCENSOR😱 (seguía sumando éxitos) 

2: el encargado brillaba por su ausencia. En los 4 días que llevaba instalada ahí, nunca lo había visto

3: según sus cálculos, la capacidad del hospedaje estaba completa (ergo: yo no tenía donde dormir)

4: me ofrecía amablemente, la mitad de su cama de 2 plazas, hasta que se resuelva mi compleja situación

El abnegado empleado apareció milagrosamente el penúltimo día de mi estancia para recolectar el pago.

Así comenzó mi historia de amor eterno con Roma, mi lugar en el mundo.

Qué anécdota bizarra viviste en alguno de tus viajes?

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