Vida a contramano

Siempre anduve con los tiempos cruzados con el resto de la humanidad cercana. 

Por eso tengo la teoría de que vivo a contramano del mundo… Durante mi infancia, mis compañeras del colegio (hasta 6to. grado fui a colegio de monjas y en aquellos tiempos antiguos, no había varones) pasaban las horas saltando al elástico y jugando con muñecas. Mi timidez galopante y yo andábamos escalando montañas de libros repletos de leyendas y seres mitológicos, historias de faraones, emperadores, reyes e imperios y dioses de la antigua Grecia y Roma. Mi imaginación me agarraba de la mano y junto a ella recorría el mundo. Nos embarcábamos en vuelos directos rumbo al Monte Olimpo, a la Torre de Babel, a los Jardines Colgantes de Babilonia o a las Pirámides de Egipto. A veces hacíamos escala en el Partenón o en el Coliseo. Otras veces compartíamos el té con las damas de la corte del rey de turno en un salón dorado de Versalles o en el harén de algún sultán otomano.

La adolescencia fue, paradójicamente, mi etapa «más coherente». Unos pocos años locos, durante los cuales hice lo que se suponía que tenia que hacer: conocer chicos, escuchar música revolucionaria, ser punk por unos días, ir a bailar todos los fines de semana, discutir con mis padres y pelearme con mis hermanos, tener amores platónicos y todas esas tonteras que hacemos cuando somos adolescentes.

Cuando terminé el colegio, había que ir a la facultad. Mis elecciones para el futuro eran «poco tradicionales» para el gusto de la parentela. Las candidatas componían un bizarro collage, insólito y extravagante, que incluía arqueología, decoración de interiores, piloto de avión, bailarina de danzas árabes, traductora de portugués y guía de turismo en Italia. Todas fueron absoluta, completa y sistemáticamente rechazadas. De las 5 carreras universitarias aceptadas por la sociedad (derecho, medicina, arquitectura, ingeniería y administración de empresas) ganó abogacía. 

No hubo demasiado análisis con el tema. Si veo sangre me desmayo (adiós medicina), cualquier cálculo más complicado que una simple suma me genera dolor de cabeza (descartadas ingeniería y administración) y arquitectura (que me entusiasmaba bastante) tenía más números de los que mi cerebro podía procesar. Y en una simple definición, guiada más por descarte que por vocación, derecho fue la elegida.

Pero la «normalidad» duró poco. 

Cuando todos mis amigos ocupaban sus días estudiando descontroladamente para terminar  sus carreras y recibir el diploma, yo entraba con un vestido blanco al mejor estilo merengue italiano, en una de las iglesias más hermosas de Buenos AiresMe casé, con mucha pompa y demasiadas circunstancias, a los 22 años.

Veinticuatro meses después, mientras mis amigas se deslomaban trabajando de abogadas, contadoras y arquitectas, yo pululaba entre los chupetes y pañales de mi hermosa primer hija.

Yo tenía 24 años y Nicole 40 días de vida.

Ellas siguieron en la frenética maratón profesional, alternando entre grandes estudios jurídicos, corporaciones internacionales y puestos gubernamentales. Promediando los 30, se largó la temporada fuerte de casamientos, alguna que otra se estrenaba como madre… y yo, en plena crisis existencial, agarré a mis hijas (de 6 y 2 años) y abandoné todo.

Me fui de mi casa, de mi matrimonio y de mi rutina hasta entonces, deprimida y sin un centavo, a vivir con mis padres. 

Fueron tiempos difíciles, pero de a poco, el carro empezó a andar y los melones se fueron acomodando solos. Trabajaba vendiendo seguros de vida (el trabajo más difícil del mundo), me sentía mejor anímicamente y empecé a disfrutar la soltería. Mis amigas se la pasaban pariendo pibes a lo loco, calentando mamaderas y cantando canciones de cuna y yo con fiebre de sábado por la noche, de boliche en boliche, living la vida loca. 

Mis dos amores incondicionales, mis hijas Nicole y Sophie.

Llegaron los benditos 40. Ellos se perdían entre reuniones de padres, clases de natación, mudanza a casa más grandes y asados familiares. Yo, presa de una revelación divina (en ESTE POST te cuento mejor) se me ocurrió irme a Europa sola.

Hace poco más de un mes cumplí 50 años (el 11 de abril de 2020 exactamente) y ando con ganas de salir a recorrer el mundo. Tengo la edad en que la mayoría de los viajeros ya dejaron de viajar. Esos nómades que salieron a descubrir el planeta a los 20 años, que ya escribieron sus libros, crearon sus blogs, tienen miles de seguidores y son eminencias en el tema. Ya cumplieron sus sueños y hoy disfrutan de la tranquilidad de estar quietos.

Y yo, después de medio siglo de vida a contramano, espero que se termine la locura pandémica-apocalíptica del corona virus para que los viajes se normalicen y pueda zarpar rumbo a mi gran pendiente: el sudeste asiático…

Hay una edad determinada para hacer las cosas? O simplemente las hacemos cuando podemos, cuando estamos preparados y cuando necesitamos hacerlas?


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