Y un día la suerte me llevó a Sevilla (capítulo 2)

Otra vez mi intuición había acertado. Al otro día encontré la respuesta de Mario, aceptando mi petición. 

Vista de Granda desde los Jardines de La Alhambra

Semanas después comenzó nuestra aventura y la vorágine del camino dejó a mi anfitrión sevillano en el olvido, hasta que llegué a Marruecos. Le escribí entonces para reconfirmar el hospedaje prometido. 

«Joder niña! Pues claro que sí, aquí te estamos esperando! Dime a qué hora llegarías, así me organizo», fue su respuesta, con ese acento «andalú» que aprendí a amar unos días después. Me llamó la atención lo de «te estamos esperando», tenía entendido que Mario vivía solo, pero no pregunté nada, en ese momento me pareció desubicado de mi parte… Le confirmé mi horario de llegada y le pedí coordenadas e instrucciones para llegar a su casa.

A los pocos minutos, recibí la primera de una larga lista de gloriosas sorpresas. 

«Oye niña, tú si que estás de suerte. Fíjate que a esa hora ya terminé de currar, si quieres te busco por el aeropuerto» propuso mi generoso anfitrión.

«Tomarse el trabajo de buscarme por el aeropuerto, eso sí que es suerte, joderrr!» pensé cuando leí su mensaje, con el tradicional joderrrr de R arrastrada que los sevillanos repiten cada 4 palabras. Todavía no había llegado a destino y ya se me había pegado el acento andaluz.

«Claro que quiero, muchísimas gracias Mario! Nos vemos mañana».

Agobiada por el sofocante calor que hacía en el diminuto ciber marroquí, salía a disfrutar de mi última noche en esa ciudad tan única. Afuera, el infinito cielo estrellado de Marrakech, me asfixió en un abrazo de brisa cálida, una despedida tan intensa como exótica, que todavía añoro volver a sentir.

Al otro día nos despedimos de Marrakech. Mi amiga partía rumbo a Madrid a las 11 am, 5 horas antes que yo rumbeara para Sevilla. Aunque eran varias horas de diferencia, decidí ir con ella hasta el aeropuerto y esperar ahí. Los días en Marrakech me habían enseñado que durante el mediodía, lo único que se podía hacer era estar bajo el aire acondicionado, o al menos quedarse inmóvil en cualquier sombra que encuentres cerca. El calor de junio era exorbitante (unos humildes 45 grados). 

Despedí a mi amiga y me dediqué a buscar un rincón tranquilo y cómodo, dispuesta a descansar hasta mi partida. Pero fue inútil. Los asientos del aeropuerto, fabricados con un odioso enrejado de acero, se clavó en mis muslos a través de la fina tela del vestido. A los 5 minutos de estar sentada, además de los pinchazos en toda la superficie apoyada de mi cuerpo, sentí un violento retorcijón de estomago que me sacudió inesperadamente. 

A partir de entonces, la tarde transcurrió en una lenta agonía, un interminable ir y venir entre el tortuoso banco metálico y el baño. Me consolaba pensando en la maratón de sueño que me esperaba del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Estaba extremadamente cansada, necesitaba bajar mil cambios y descansar.

Los minutos se arrastraban lentamente, como si el mundo se hubiese confabulado en un andar pausado y sin apuro.

En un lamentable estado, logré aguantar hasta la bendita hora del despegue. Una hora después, con puntualidad inglesa, el avión aterrizó en tierras sevillanas. Viajaba sólo con un pequeño bolso de mano y a los pocos minutos ya caminaba hacia el punto de encuentro con Mario.

Tal como me había adelantado, mi sorprendente anfitrión me estaba esperando debajo del inmenso cartel verde de una famosa rentadora de autos. Llevaba jeans, camisa blanca y una sonrisa que le atravesaba la cara. A su lado una mujer grandota, de unos 30 y pico, también me miraba sonriente. Supuse que era su novia…

«¡Pues qué gusto conocerte, niña! Ella es Marisó (Marisol en sevillano) mi mejor amiga. ¿Estás lista pa´unas cañitas? ¡Joder tía, qué calor de la puta ostia! ¡Venga niña, que nos esperan unos amigos y todos quieren conocerte, joder!»

Con Marisol en alguna de nuestras tantas salidas

«¡QUEEÉ! ¿Cerveza, amigos, fiesta? ¡NOOOO, yo sólo quiero tirarme en la cama y dormir durante los próximos 3 días!

En otro momento, con otras circunstancias, la propuesta de Mario hubiese sido la mejor noticia que me podían dar. Pero entre los retorcijones, el dolor de espalda que me había ganada en esos detestables asientos de acero del aeropuerto y los 42 grados de aquella agobiante tarde sevillana, salir de ronda era mi peor pesadilla.

Sin embargo no podía hacer más que ponerle mucho huevo a la situación y que fluya. Le dije a Mario que necesitaba pasar antes por su casa, ahí intentaría invocar algún hechizo de magia que mejore un poco mi expresión de zombie inapetente y cambiarme la ropa. Aceptó de mala gana. 

«¡Joder niña, no te tardes, que nos esperan!»

Me dió 15 minutos para ir a «boxes». Hice lo que pude: me lavé la cara, tomé algo que parecía ser ibuprofeno, abusé de una suculenta cuota de desodorante, varias pasaditas de rimel, agoté las últimas gotas de perfume que me quedaban y a otra cosa mariposa.

Aquella fue la primera de las entrañables tardes que viví en Sevilla.

Con Marisó nos hicimos íntimas. Al día siguiente fuimos a las playas de Caí (Cadiz en sevillano), tomamos un poco de sol y muchas cervezas. Me llevaron a un mega-recital en la calle y a un boliche donde, con el staff completo de amigos (unos 15 sevillanos) bailamos toda la noche. Caminé por la orilla del Guadalquivir y dormí la siesta debajo de la sombra de una palmera en el Parque María Luisa. Me emocioné al escuchar a los cantaores flamencos desgranar su pena al compás de la guitarra. Me escapé a Granada y aluciné con La Alhambra. Comí las aceitunas más grandes del mundo y Mario me preparó la mejor tortilla del universo para desayunar todos los días.

Y fuí inmensamente feliz. 

Los 3 días volaron, entonces le pedí a Maria si podía quedarme otros 3 días mas. No me quería ir. Sevilla se me había metido en la piel. 

Después de hacer vivido de su ilimitada generosidad durante 6 días, y como si todo eso no hubiese sido suficiente, mi excepcional anfitrión consiguió que uno de sus amigos me «monte en el AVE» (me haga subir al tren GRATIS) para que vuelva a Madrid.

Con Mario, mi adorable anfitrión sevillano.

Nos despedimos en la terminal de trenes, con un abrazo eterno y unas cuantas lagrimas rebeldes que se me escaparon a pesar de mis intentos por retenerlas. Prometí que volvería, se lo prometí a Mario y a mí misma. Necesitaba saber qué algún día volvería a caminar sus calles, a oler sus flores, a escuchar su música. 

Sevilla me regaló mucho mas que la mejor experiencia de Couchsurfing que tuve en mi vida.

Sevilla vive alegre en un rincón de mi corazón, y ahí espera, cómoda y segura, el día en que nos volvamos a ver.

FIN


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