La diosa griega

La ciudad se desdibujaba con una lluvia eterna.

Hacía mas de 10 días que París sangraba humedad. El moho florecía entre las grietas de las paredes, que amenazaban con desplomarse por el interminable aguacero invernal. La tardía primavera se estaba demorando más que otros años y los inagotables chubascos empezaban a fastidiar inéquivocamente al señor Marchant, mi jefe.

Trabajábamos juntos en el museo hacia ya más de 20 años, tiempo suficiente para aprender a descifrar los volubles humores de Antoine tan solo contemplando sus gestos, escuchando los matices de sus discursos maestros al examinar una obra de arte y estudiando su particular forma de caminar, que mutaba frenéticamente junto con sus repentinos cambios de espíritu.

Aquel 25 de mayo de 1864, el Jefe del Departamento de Restauraciones de Arte Clásico del Museo del Louvre, entró a su despacho ubicado en el segundo piso del ala norte del edificio, con su particular paso apresurado compuesto por una cadena de inmensas zancadas demasiado largas para sus cortas piernas. El golpe de sus talones castigaba los soberbios listones de madera, al son de una enfurecida marcha militar. No fue necesario observar su rostro enrojecido para saber que el delicado temperamento del ilustrado profesor Marchant estaba a punto de explotar. La entrega del deseado material que esperaba sumaba ya seis días de demora y esa lluvia endemoniada complicaba aún más los trabajos en el puerto. Su legendaria ansiedad estaba por alcanzar límites insospechados, y yo, su devoto asistente a tiempo completo, era el candidato natural para soportar los estragos de su furiosa inquietud académica.

La codiciada entrega en cuestión eran una multitud de fragmentos encontrados en una ignota isla perdida en medio del Egeo. El ilustre cónsul Charles Champoiseau, cónsul de Adrianópolis y reconocido aficionado a la historia antigua, se había topado con un busto de mármol, exquisitamente tallado. Después de algunas excavaciones en las ruinas de Samotracia, el diplomático exhumó el soberbio tronco de la estatua, compuesto por dos piernas femeninas cubiertas por un manto, finamente esculpidas. Los trozos de la escultura habían sido cuidadosamente embalados y cargados a bordo del Liberté, un navío de la armada francesa, oportunamente anclado en los muelles de Tasos, a pocas millas del lugar donde se encontraba el tesoro. El buque había arribado a París el 11 de mayo, 14 días atrás. Desde ese instante, el alma de Antoine bullía con insólita excitación. Intuía que ese descubrimiento era realmente importante y que estaba muy cerca de encontrarse con una obra única, que marcaría su carrera y su vida de un modo diferente. Me lo había confesado sin tapujos, en medio de un sorpresivo instante de emoción, después de leer el mensaje que el mismísimo emperador, Napoleon III, le había enviado. 

Pero las ansiadas partes de la dama griega seguían demoradas y los últimos 14 días se habían transformado gradualmente en un verdadero infierno. El profesor pretendía licuar su impotente furia gritando mi nombre a cada momento. El rugido de su potente voz, inusual para un físico tan reducido como el suyo, estallaba con fuerza por las salas del museo.

«René, ven aquí inmediatamente», vociferaba el maestro a cada momento. 

Y yo corría a su lado, dejando mi trabajo a un lado por más importante que fuera, temeroso de recibir un castigo divino, como si la culpa del insistente temporal o de la inoportuna tardanza recayera sobre mis hombros. En todos los años de oficio compartido, había aprendido que el mejor antídoto para enfrentar sus feroces vientos de su ira, era el silencio. Así pasábamos horas enfrascados en nuestros labores, evitando cualquier sonido que pudiera quebrar la frágil quietud del aire.

Quedaban pocos minutos para terminar otra intensa jornada de martirio temperamental. Agazapado en un rincón, esperaba ansioso el demorado permiso del señor Marchant, liberándome de mis tareas diarias para ir a casa. Pero el profesor, completamente ajeno a mis necesidades hogareñas, estaba sumergido en la complicada restauración de un oscuro lienzo medieval. Después de varios minutos de debate interno, logré reunir los últimos retazos de coraje, obligándome a interrumpirlo. En el preciso instante en el que abrí mi boca, se materializó la inmensa figura del portero en el umbral de la puerta. Temeroso de recibir uno de los legendarios insultos de Antoine, golpeo tímidamente el marco, en señal de permiso.

«Disculpe la molestia, profesor. Quería avisarle que su encargo acaba de llegar» anunció con solemnidad el guardián, quien, una vez entregado el mensaje, se desvaneció en las sombras de la noche que habían ya invadido por completo el edificio.

El catedrático fijo sus inmensos ojos negros en los míos. Sentía mi cuerpo encogerse ante el escrutinio de aquel hombre colérico. Su rostro lucía una expresión turbada y parecía batallar con las palabras, como si hubiera olvidado el don de la palabra. Tenía la mirada enrojecida de cansancio lo que aportaba un matiz extra de locura al demencial semblante que portaba últimamente. 

«Qué estas esperando René, confirma si es verdad. Corre sin demoras y ven a decirme si mi tesoro ha llegado por fin. Aquí te espero»

Bajé las escaleras lo más rápido que pude. Allí estaban, cuatro inmensas cajas de madera perfectamente selladas, una de ellas de un tamaño colosal, ocupando casi por completo el suelo de la oficina de despachos. Al ver el botín mi corazón dio un súbito vuelco. 

¿Sería una verdadera obra de arte la que aguardaba dentro de aquellas jaulas herméticas?

Con la ayuda del portero, corté el sinfín de sogas que custodiaban el contenido de los cajones. Luego, auxiliados por una gran barra de hierro, logramos abrir la tapa del cofre más grande. Debajo de varias capas de telas protectoras, las torneadas y poderosas piernas de una mujer reposaban inmóviles. La maestría del escultor era innegable. Se trataba, sin dudas, de una obra extraordinaria.

Subí los peldaños a una velocidad insólita, empujado por el frenesí de la exaltación. El ilustre maestro me aguardaba en medio del pasillo, presentía su ansiedad en medio de la oscuridad del pasillo.

«Cuéntame ya mismo Rene. ¿Nos han enviado algo interesante?» me preguntó en un susurro, temeroso de recibir una respuesta desagradable.

«Por lo que pude ver, profesor, se trata de una escultura del periodo helenístico. La parte más grande y en mejor estado de conservación corresponde a la parte inferior de la figura, que se corta súbitamente en el busto. En mi humilde opinión, la escultura es un descubrimiento asombroso. Pero no deberíamos apresurarnos, sin embargo»

«Tienes razón Rene, tienes razón. Aunque la ansiedad me carcome las vísceras, lo mejor es ver el material bajo La Luz matinal y con ojos descansados. Dile al portero que lleven las cajas a la sala principal del tercer piso. Mañana, con la mente fresca y la mirada sosegada, comenzaremos con la reconstrucción de la dama. Vete a casa y recupera tus fuerzas, que nos espera mucho trabajo».

CumplÍ sus ordenes sin demora. A la mañana siguiente me levanté más temprano de lo habitual. Sentía la excitación de un nuevo comienzo, que trastocaba el calmo latir de mi corazón. Un débil e inseguro rayo de sol luchaba con ferocidad, tratando de abrirse paso entre las musculosas nubes grises. Decidí caminar hasta el museo. Entré silenciosamente a la sala en la que pasaría largas horas de mi vida encerrado junto a unos inconexos trozos de mármol, tratando de reunirlos, como miembros de una familia desperdigada por el mundo.

Antoine Marchant ya estaba ahí, contemplando fijamente el torso mutilado. La luz solar crecía con fuerza y traspasaba los gruesos cristales de las ventanas, colmando el ambiente de claridad.

Me acerqué al profesor sigilosamente, no quería romper el hechizo en el que se encontraba. Cuando llegué a su lado me dispuse a imitarlo, entonces caí preso del mismo encantamiento. 

Trabajamos sin pausa durante dos años. Tuvimos que reconstruir parte de su pierna derecha, la mas dañada de las dos. Pero el inmenso desafío fue su ala izquierda. Los pedazos eran cientos, y hubo semanas completas en las que la restauración se estancaba por completo y la esperanza se nos escurría de las venas. Los arranques de cólera del profesor durante ese tiempo fueron legendarios. Por momentos, todos los integrantes de su equipo temíamos caer en la tentación de renunciar y abandonarlo, dejándolo completamente solo junto con su venerada deidad, aunque nunca fuimos capaces de hacerlo. A veces pienso que todos estábamos embrujados con su belleza.

Terminamos nuestra misión el 11 de abril de 1866. La ubicamos en la sala de las Cariátides, donde podía lucirse en todo su esplendor. Hoy, veinte años después, aún recuerdo la jubilosa emoción de Antoine Marchant al ver su labor terminada. 

La espléndida figura en mármol de Niké, la diosa de la victoria, se elevaba con una potencia sobrenatural frente a nuestra mirada acuosa. Desplegaba su intacta belleza esculpida 200 años antes de Cristo, incluso sin tener un rostro. Los arqueólogos nunca pudieron encontrar su cabeza ni sus brazos. Pero la soberbia y escultural figura de la divinidad griega, alteraba los sentidos de cualquier espectador, capturándolo bajo su magistral despliegue de elegancia, fuerza y libertad. Incluso después de haber recorrido hasta el agotamiento cada centímetro de sus casi dos metros de longitud, la piel se me erizaba ante aquel derroche de arte. Los perfectos pliegues de su manto, pegados a su cuerpo por el efecto del viento me seducían impúdicamente, al extremo de desear besarla con locura. Me perdía entonces, en el provocativo escote de su túnica y creía sentir el delicado roce de sus inmensas alas, listas para levantar vuelo sobre nosotros, dos pobres mortales cautivados con su real divinidad.

Aún confundido por el extraño desorden que ese bloque de mármol causaba a mis sentimientos, giré mi cabeza para decirle al profesor que ésa era, sin dudas, una de las obras maestras de la Antigua Grecia. Pero no fui capaz de importunar a Antoine Marchant con ese tibio, escaso y mezquino comentario, tan propio de un crítico de arte. En lugar de su habitual expresión de irritación palpable, el agotado académico lucía un semblante brillante de adoración.

El magnífico trabajo de restauración había logrado devolverle a la escultura su soberbia estampa. Y ante mis azorados ojos vi, por única vez en mi vida, deslizarse una lágrima por el iluminado rostro del Jefe del Departamento de Restauraciones de Arte Clásico del Museo del Louvre.

Frente a él, la imponente Victoria de Samotracia estaba lista para ser admirada por el mundo.

FIN.

La Victoria de Samotracia es una de las esculturas mas espectaculares que vi en mi vida. Su imagen me emocionó y conmovió profundamente.

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