Sobredosis de soledad

La sorpresiva vibración del celular quebró su concentración académica. 

Era el inoportuno de su padre. Ese prestigioso abogado de setenta y largos años, dueño de una impoluta conducta reservada, sufrió en dos meses una extraña transformación, convirtiéndose en el tipo más indiscreto que conocía.

Prisionero de la monotonía por el encierro casero, había adoptado una molesta costumbre: llamar a su hijo todas las mañanas para relatarle el último capítulo de la novela protagonizada por la pareja de al lado, un matrimonio portador de la categoría «felices cónyugues» que se derrumbaba estrepitosamente desde que había comenzado la cuarentena. Dos extraños que se encontraron en la desnudez de una convivencia forzada. La mujer se empeñaba en sacar los trapitos sucios acumulados durante 30 años, exponiéndolos a los gritos sin tapujos desde el jardín de su casa. 

Le había dicho hasta el cansancio que no lo llame en ese horario, mucho menos para contarle las intimidades de los vecinos, pero el viejo no lo entendía. Ignoró el llamado y procuró concentrarse en el frío monitor de la computadora, donde los alumnos aguardaban su monólogo del día. A los pocos segundos la luz de la pantalla volvió a encenderse, rompiendo la penumbra escolar. 

Esta vez era su madre y la preocupación afloró súbitamente. Pidió disculpas, detuvo el video y silenció su micrófono para tener intimidad. 

El llanto materno perforó su habitual compostura.

No tenía registro de haber visto llorar a su madre alguna vez. La sangre se le hizo hielo y un repentino pesar lo cubrió con pesadez. Entre desesperados sollozos le dijo que a su padre le costaba respirar. 

Completamente preso de la desesperación, el profesor se despidió sin formalidades de la clase y salió empujado por la urgencia del susto. Cargó a su padre en el auto y lo llevo a la clínica, donde lo recibieron unas personas, más parecidos a astronautas que a médicos, que le prohibieron la entrada. La orden fue tajante: a partir de ese instante su padre se quedaba solo. 

Lo aislaron de sus hijos y de la mujer que llenó de amor su casa y de razones su vida.  

Lo aislaron del mundo. No hubo tiempo para despedidas, abrazos o besos. Los «te quiero» sin decir quedaron flotando en el aire triste de su familia, junto al perfume a pinos y madera de su padre. 

Un despiadado virus importado de Oriente se llevó a su padre con prisa. Lo recluyó en un cuarto impersonal de hospital, desnudo de caras humanos, contacto físico y caricias sanadoras. 

El diagnóstico era reservado. Le recetaron aislamiento extremo y le inyectaron grandes cantidades de soledad para curarlo del virus, sin saber que eso lo mataría de pena. 

Una semana después, la sorpresiva vibración del celular volvió a quebrar su concentración académica.

Su padre no había resistido la sobredosis de soledad. 


Cargando…

Algo ha ido mal. Por favor, recarga la página y/o inténtalo de nuevo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .