El encargo

El frío violento envolvía su cuerpo poderoso, pero él era incapaz de sentirlo.

La inquietud lo habitaba y sus nervios, convertidos en metal, lo mantenían rígido a la espera de la orden. Una escultural máscara de cinismo cubría su semblante, ocultando con magistral talento, la masacre librada en las oscuras fosas de su conciencia. Se perdió en el silencio de su propia conmoción y sumido en esa pavorosa quietud advirtió como su alma se desgarraba en una patética agonía. 

Se sintió vacío de todo, un despreciable ser disecado de emociones, desnudo de humanidad.

Con insegura valentía recibía los ásperos golpes del viento helado. Unas amargas lágrimas de tristeza lograron huir de sus ojos secos de compasión, aunque nadie a su alrededor advirtió el sorpresivo ataque de piedad. Ni siquiera él mismo. La mirada fija en sus colosales manos, mientras su voluntad aniquilaba la repentina debilidad, manteniéndolo a salvo del arrepentimiento tardío. 

Su pensamiento voló entonces hacia ella, a esos pequeños ojos verdes, llenos de música y caricias. Evocó su sonrisa con aroma a inocencia. Ella merecía ese sacrificio, ella se merecía lo mejor. Recordó la bolsa con monedas que le habían entregado la víspera de aquella desalmada mañana invernal y pensó en las que vendrían después. Todo era para ella, la única capaz de colorear la languidez de su desolada vida. 

¿Se quedaría junto a él al conocer la verdad?

¿Lo seguiría amando después de ese día?

Preguntas feroces escondidas en un pliegue de su corazón, que se desangraba con el veneno de la incertidumbre.

La esperada señal rompió el macabro silencio. Miró hacia el profundo cielo gris que se agitaba desordenado. Aspiró el aire gélido y con toda la fuerza que su torturado espíritu logró convocar, emprendió hábilmente el brusco movimiento con la potencia de su juventud. Los morbosos aplausos del gentío enardecido lo guiaron de regreso a la realidad. 

Sacó el pañuelo de su abrigo y se limpió el rostro manchado por los vestigios de su trabajo. Volvió a inspirar profundamente, buscando reunir inútilmente, los fragmentos rotos de su alma. Había cumplido el nefasto encargo con éxito y una fugaz sensación de soberbia lo atravesó. 

Había conseguido el codiciado trabajo de verdugo real.

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