Italia nos reclamaba con la fuerza ancestral de la tierra de nuestros abuelos, un imperioso llamado  de raíces familiares, sangre de parentela y apellido heredado. 

Recién llegadas a Roma, en lo alto de Piazza Spagna

A nuestros 41 años, aquella tierra prometida con forma de bota se había convertido en nuestro anhelo más preciado. Para ella, una de mis mejores amigas, ese viaje sería su debut en el viejo continente. Para mí, la repetición de una trillada fantasía nacida en la infancia.

La idea de volver a pisar el suelo italiano me envenenaba de emoción.

Llegamos a Roma el 26 de mayo de 2011. La ciudad se fundía lentamente bajo el ardiente sol de primavera. Nos instalamos en un pequeño pero decente hotel cerca de Términi. Su extraño diseño incluía una pileta de manos en medio de nuestras camas, rarezas que sólo se encuentran en Italia. Abandonamos nuestras valijas, juntos a los últimos vestigios del frío porteño, en un rincón de la bizarra habitación y salimos al intenso calor de la tarde, dispuestas a exprimir la gloria de la ciudad eterna. 

Mientras mi amiga cumplía con las visitas de rigor, la extensa lista de los «hay que ver», yo exploraba el barullo romano, con la liviandad de haber honrado los mandatos turísticos un año antes. 

Roma volvió a deslumbrarme, esta vez con sus verdades sin maquillaje, que fui descubriendo sin mapa, sin horarios y sin planes. Tuve tiempo para admirar sus puertas gastadas, sus paredes rotas y sus infinitas fuentes. Robé conversaciones al paso, me abandoné a sus aromas desordenados y me perdí en el laberinto de los siglos atesorados en sus calles. 

Un día antes de partir, hicimos plan para ir a cenar con Cristian, un romano al que habíamos contactado por Couchsurfing. Su objetivo era practicar español, idioma que estudiaba hacía unos años. Nosotras queríamos conocer algo de la Roma auténtica. 

Quedamos en encontrarnos a las 7.30 pm. El atardecer envolvía la ciudad con sus colores de fuego, esa tonalidad dorada que anticipa los misterios nocturnos y ablanda los corazones humanos. El sofocante ambiente del día empezaba a diluirse con una sutil brisa fresca. Nos sentamos al costado del Panteón. Su imponente silueta comenzaba a fusionarse con las sombras del ocaso. 

Estábamos nerviosas, por diferentes motivos.

A ella, la idea de salir con un desconocido no le caía en gracia. «¿Y si es un asesino serial?» me preguntó ansiosa mientras encendía un cigarillo. 

Mis inquietudes, en cambio, no eran de índole criminal, sino más bien logísticas. ¿Cómo reconocería a nuestro futuro guía en medio de la oscura multitud? 

El Panteón, el lugar donde comenzó una de las veladas más maravillosas de nuestro viaje

Mientras exprimía sin éxito mis recuerdos de las fotos del tano en su perfil de Couchsurfing, un hombre de unos 35 años, morocho, portador de un pequeño bigote y cara de no ser un delincuente perverso se para frente a mí. 

En un español italianizado me dijo: «Tú eres Majo ¿verdad? Te reconocí por tu capelli arricciato» indicando con un gesto inequívoco mi pelo enrulado. «Soy Cristian. Bienvenidas a mi hermosa ciudad» nos dijo haciendo una pomposa reverencia en el aire y ostentando una sonrisa digna de un experto maestro de ceremonias, nos conquistó sin demora.

Caminamos unos 400 metros hasta nuestro destino: una ruidosa y caótica trattoria, desprovista de turistas. El local exhalaba esencia romana. Seis mesas de madera rústica, sin mantel, invadían por completo el pequeño salón. Una multitud de banderines multicolores colgaban del techo y las paredes exhibían orgullosas decenas de fotos antiguas, recortes de periódicos amarillentos y camisetas de futbol de todos los equipos italianos, autografiadas por las estrellas de turno. Un robusto aroma a filetto nos acarició el alma mientras la voz inconfundible de Rita Pavone nos abrazaba cálidamente.

Cumplidos los saludos de rigor, Cristian pidió unos tonnarelli cacio e pepe para los tres. «La mejor pasta de Roma» aseguró nuestro anfitrión. 

La cena fue soberbia.

No sólo por la exquisitez de la comida, sino por la charla compartida. En dos horas nos contamos los titulares de nuestras vidas, una próspera conversación bien aceitada por abundantes copas de vino tinto que aflojaron rápidamente nuestras palabras.

Con las tripas contentas y el corazón lleno, nos internamos en la noche. Nuestro guía nos escoltó hasta «la mejor gelateria di Roma», un estridente negocio bien luminoso, ubicado a pocos metros del Panteón, que para entonces se elevaba altivo sobre el cielo estrellado. 

Terminado el postre, Cristian nos propuso dar una vuelta por Roma en su auto. Mi amiga, la mitad prudente del equipo, me miró dudosa, lanzándome con sus ojos la repetida pregunta: ¿No te parece peligroso? 

Pero para mí, la mitad impulsiva del dúo viajero, con un ADN completamente desprovisto de la noción de peligro, subir al auto de un romano que habíamos conocido hacía dos horas, me parecía el mejor plan del momento. En un sutil movimiento me acerqué a mi compañera de viaje y le susurré disimuladamente al oído: «Tranqui amiga, no nos va a pasar nada» le prometí, como si fuese una heroína encubierta, capaz de protegerla del supuesto delincuente camuflado de tano amable con mis superpoderes.

Y con un rotundo SI de mi parte, nos subimos a su «macchina».

Terminada la cena, listas para salir a disfrutar la noche romana.

La primer escala del raid nocturno fue el Trastevere. A esa hora, el barrio más bohemio de Roma estaba invadido por hordas de jóvenes, que pululaban por sus callejones en penumbras y desfilaban frente a una multitud de bares. Cristian nos guiaba con seguridad por la indescifrable maraña de calles, hasta que llegamos a un pub escondido detrás de una puerta desvencijada. Adentro, en un desordenado universo de música, luces agonizantes y voces revueltas, probamos unos shots de mousse de chocolate y licor que aniquilaron el cansancio acumulado. 

Con la energía renovada por el alcohol, volvimos a subir al auto, que trepó hasta la cima del Aventino, una de las siete colinas romanas. Caminamos por el Jardín de los Naranjos y admiramos la ciudad desde lo alto. A pocos metros de ahí, espiamos la cúpula del Vaticano a través de la cerradura de la puerta del Priorato de los Caballeros de Malta. 

Partimos entonces rumbo al Coliseo, que engalanado de luces presumía aún mas de su soberbia estampa. Perdidas por las maniobras automovilísticas de Cristian en el complejo mapa romano y todavía anestesiadas por la visión del anfiteatro iluminado, no pudimos anticipar el próximo destino. 

Nuestro piloto avanzaba a paso de hombre por una ancha avenida, para que pudiéramos admirarla sin apuros. Al fondo, la monumental Basílica de San Pedro nos esperaba, radiante como un faro sagrado.

Estábamos desquiciadas de felicidad. El invaluable tour privado superaba todas nuestras fantasías. Pero el romano tenía una última sorpresa para darnos. Estacionó el auto en un ángulo imposible y nos lanzamos a la noche.

la madrugada había asaltado la ciudad, dejándola casi desierta de turistas.

Unos pocos peatones deambulaban por sus lisos adoquines de historias gastadas, Atravesamos Piazza Navona, mi plaza preferida en una ciudad conquistada de plazas. Las fuentes, más imponentes que nunca, refulgían con los destellos acuosos de sus cascadas. Despojada de las multitudes, pudimos contemplar sus soberbias proporciones sin la contaminación del gentío. Era tan raro ver Roma sin los ejércitos de extranjeros… parecía una mujer desnuda mostrándose sin tapujos. Caminábamos por una calle oscura y estrecha cuando nuestro conductor nos pidió que cerremos los ojos. Mientras caminaba sin ver, empecé a oír un fresco murmullo, que crecía con cada paso. Me resultaba familiar pero no conseguía descifrar su origen.

«Ahora pueden abrir los ojos» nos anunció Cristian con satisfacción, orgulloso por la magnífica puesta en escena que había logrado orquestar.

Las lágrimas asaltaron mis ojos y la emoción me inundó sin anestesia.

Quería capturar su imagen para siempre, capturarla, adueñarme de cada uno de sus blancos centímetros. Su imagen resplandecía sobre el estanque verdoso, convirtiéndola en una fantástica visión mitológica. La Fontana di Trevi nos embistió con violencia feroz, destrozando nuestra revolucionada sensibilidad con la fuerza de su perfección. Nos quedamos mudas, intentando asimilar la felicidad vivida en esas horas, agradecidas de estar ahí, viviendo ese preciso y precioso instante juntas.

En la Fontana di Trevi, terminando una noche inolvidable.

Nos despedimos de Cristian con tristeza, alegría y gratitud. Ese romano desconocido, sospechoso de crímenes perversos, consiguió algo que yo creía imposible: que mi flechazo por Roma se convierta en un amor tan eterno como ella.

FIN.

No te pierdas los tres episodios del podcast de Destinos&Maletas exclusivamente dedicados a la ciudad eterna.

El fantástico universo de héroes, valquirias y dioses había terminado.

Nos despedimos de las fastuosas pinturas de leyendas medievales, los muebles de madera exquisitamente tallados y el despliegue de confort monárquico, y regresamos a la realidad. Afuera, en el mundo real, las consecuencias del diluvio aún se presentían en el aire y un potente olor a lluvia conquistaba la tarde. Gruesas nubes nos engullían, velando el descomunal paisaje que rodea a Neuschwanstein. Apenas se intuía la presencia de sus árboles guardianes, y las montañas que enmarcan su noble estampa eran devoradas por un espeso vapor blancuzco. Emprendimos, entonces, la retirada.

Sólo había un camino posible: bajar.

Decidimos hacer el trayecto caminando, en lugar de tomar el bus. El cielo, aunque amenazador, parecía haberse calmado. Buscamos las indicaciones, pero no encontramos ningún cartel alusivo. La manada turística ya se había dispersado, sólo quedábamos 4 rezagados: una pareja asiática y nosotros. 

El salteño entonces, decidió seguir al nipón, que caminaba delante nuestro con determinación.

«El ponja debe conocer el camino» me dijo convencido. 

El argumento no me cerraba. El señor era tan turista como nosotros, ¿porqué iba a saber por dónde ir? Además la senda era demasiado angosta, era indudable que ése no era el camino correcto, pero mi socio estaba determinado en seguir al hombre de ojos rasgados.  

De repente, y sin preámbulo alguno, el mezquino asfalto que nos guiaba se esfumó.

Frente a mis ojos, la desafiante espesura del bosque me interpelaba. Me paralizé, temerosa. La idea de bajar por el medio de una tupida arboleda germana no me atraía en absoluto. 

Algo así, aunque un poco mas tenebroso, era el paisaje que tenía frente a mi…

El llamado del salteño, que ya estaba varios metros más abajo, activó mis movimientos. Empecé a descender muy despacio. El suelo, un peligroso barro negro, simulaba una pista de patinaje olímpica. Un sinfín de ensortijadas raíces surgían de la tierra con inquietantes formas y una perturbadora neblina gris pululaba entre los troncos oscuros. Con lenta cautela, empecé a internarme en el tenebroso espectáculo. 

El salteño me esperaba a la orilla de un pequeño arroyo. Su mirada transmitía cierta inquietud: el dúo japonés se había esfumado. Comprendí, con espantada claridad, que estábamos completamente solos y definitivamente perdidos. Una multitud de temores me embistió sin piedad.

«Si nos pasa algo acá, nadie nos va a venir a buscar» pensaba angustiada. El odioso razonamiento taladraba mi mente. 

Entonces el cielo se desplomó y la oscuridad repentina se abalanzó sobre nosotros.

Una catarata de agua helada se filtraba por entre las miles de ramas. Me movía en cámara lenta, concentrada para no pisar en falso, caerme y fracturarme una pierna. La otra parte de mi cerebro se debatía en una biblia de insultos especialmente dedicados al salteño, al japonés y hasta al desubicado rey que se le ocurrió la ridícula idea de construir un castillo en medio de ese bosque maldito.

Estaba aterrada. Nada de esa ridícula experiencia me parecía divertida. Sentía como el miedo subía de a poco por mis piernas, como un veneno expandiéndose letalmente por el cuerpo de la víctima, haciéndolas tan pesadas que apenas podía moverlas. Mi corazón latía estrepitosamente, lo sentía retumbar contra las paredes de mi pecho. Un gigantesco nudo me oprimía la garganta.

Perdí la noción del tiempo. ¿Es que no llegaríamos nunca a alguna parte?

En medio de mi ostracismo de furia y miedo, vi a la distancia unos puntos de colores. La esperanza brotó fulminante. Allá lejos parecía haber algo más que árboles. Minutos después pudimos distinguir con claridad, las figuras de los turistas bajando por el camino correcto. 

Respiré profundo y el miedo se evaporó. Habíamos llegado. 

Si te interesa conocer más sobre el castillo neuschwanstein, no te pierdas ESTE POST

Otra vez mi intuición había acertado. Al otro día encontré la respuesta de Mario, aceptando mi petición. 

Vista de Granda desde los Jardines de La Alhambra

Semanas después comenzó nuestra aventura y la vorágine del camino dejó a mi anfitrión sevillano en el olvido, hasta que llegué a Marruecos. Le escribí entonces para reconfirmar el hospedaje prometido. 

«Joder niña! Pues claro que sí, aquí te estamos esperando! Dime a qué hora llegarías, así me organizo», fue su respuesta, con ese acento «andalú» que aprendí a amar unos días después. Me llamó la atención lo de «te estamos esperando», tenía entendido que Mario vivía solo, pero no pregunté nada, en ese momento me pareció desubicado de mi parte… Le confirmé mi horario de llegada y le pedí coordenadas e instrucciones para llegar a su casa.

A los pocos minutos, recibí la primera de una larga lista de gloriosas sorpresas. 

«Oye niña, tú si que estás de suerte. Fíjate que a esa hora ya terminé de currar, si quieres te busco por el aeropuerto» propuso mi generoso anfitrión.

«Tomarse el trabajo de buscarme por el aeropuerto, eso sí que es suerte, joderrr!» pensé cuando leí su mensaje, con el tradicional joderrrr de R arrastrada que los sevillanos repiten cada 4 palabras. Todavía no había llegado a destino y ya se me había pegado el acento andaluz.

«Claro que quiero, muchísimas gracias Mario! Nos vemos mañana».

Agobiada por el sofocante calor que hacía en el diminuto ciber marroquí, salía a disfrutar de mi última noche en esa ciudad tan única. Afuera, el infinito cielo estrellado de Marrakech, me asfixió en un abrazo de brisa cálida, una despedida tan intensa como exótica, que todavía añoro volver a sentir.

Al otro día nos despedimos de Marrakech. Mi amiga partía rumbo a Madrid a las 11 am, 5 horas antes que yo rumbeara para Sevilla. Aunque eran varias horas de diferencia, decidí ir con ella hasta el aeropuerto y esperar ahí. Los días en Marrakech me habían enseñado que durante el mediodía, lo único que se podía hacer era estar bajo el aire acondicionado, o al menos quedarse inmóvil en cualquier sombra que encuentres cerca. El calor de junio era exorbitante (unos humildes 45 grados). 

Despedí a mi amiga y me dediqué a buscar un rincón tranquilo y cómodo, dispuesta a descansar hasta mi partida. Pero fue inútil. Los asientos del aeropuerto, fabricados con un odioso enrejado de acero, se clavó en mis muslos a través de la fina tela del vestido. A los 5 minutos de estar sentada, además de los pinchazos en toda la superficie apoyada de mi cuerpo, sentí un violento retorcijón de estomago que me sacudió inesperadamente. 

A partir de entonces, la tarde transcurrió en una lenta agonía, un interminable ir y venir entre el tortuoso banco metálico y el baño. Me consolaba pensando en la maratón de sueño que me esperaba del otro lado del Estrecho de Gibraltar. Estaba extremadamente cansada, necesitaba bajar mil cambios y descansar.

Los minutos se arrastraban lentamente, como si el mundo se hubiese confabulado en un andar pausado y sin apuro.

En un lamentable estado, logré aguantar hasta la bendita hora del despegue. Una hora después, con puntualidad inglesa, el avión aterrizó en tierras sevillanas. Viajaba sólo con un pequeño bolso de mano y a los pocos minutos ya caminaba hacia el punto de encuentro con Mario.

Tal como me había adelantado, mi sorprendente anfitrión me estaba esperando debajo del inmenso cartel verde de una famosa rentadora de autos. Llevaba jeans, camisa blanca y una sonrisa que le atravesaba la cara. A su lado una mujer grandota, de unos 30 y pico, también me miraba sonriente. Supuse que era su novia…

«¡Pues qué gusto conocerte, niña! Ella es Marisó (Marisol en sevillano) mi mejor amiga. ¿Estás lista pa´unas cañitas? ¡Joder tía, qué calor de la puta ostia! ¡Venga niña, que nos esperan unos amigos y todos quieren conocerte, joder!»

Con Marisol en alguna de nuestras tantas salidas

«¡QUEEÉ! ¿Cerveza, amigos, fiesta? ¡NOOOO, yo sólo quiero tirarme en la cama y dormir durante los próximos 3 días!

En otro momento, con otras circunstancias, la propuesta de Mario hubiese sido la mejor noticia que me podían dar. Pero entre los retorcijones, el dolor de espalda que me había ganada en esos detestables asientos de acero del aeropuerto y los 42 grados de aquella agobiante tarde sevillana, salir de ronda era mi peor pesadilla.

Sin embargo no podía hacer más que ponerle mucho huevo a la situación y que fluya. Le dije a Mario que necesitaba pasar antes por su casa, ahí intentaría invocar algún hechizo de magia que mejore un poco mi expresión de zombie inapetente y cambiarme la ropa. Aceptó de mala gana. 

«¡Joder niña, no te tardes, que nos esperan!»

Me dió 15 minutos para ir a «boxes». Hice lo que pude: me lavé la cara, tomé algo que parecía ser ibuprofeno, abusé de una suculenta cuota de desodorante, varias pasaditas de rimel, agoté las últimas gotas de perfume que me quedaban y a otra cosa mariposa.

Aquella fue la primera de las entrañables tardes que viví en Sevilla.

Con Marisó nos hicimos íntimas. Al día siguiente fuimos a las playas de Caí (Cadiz en sevillano), tomamos un poco de sol y muchas cervezas. Me llevaron a un mega-recital en la calle y a un boliche donde, con el staff completo de amigos (unos 15 sevillanos) bailamos toda la noche. Caminé por la orilla del Guadalquivir y dormí la siesta debajo de la sombra de una palmera en el Parque María Luisa. Me emocioné al escuchar a los cantaores flamencos desgranar su pena al compás de la guitarra. Me escapé a Granada y aluciné con La Alhambra. Comí las aceitunas más grandes del mundo y Mario me preparó la mejor tortilla del universo para desayunar todos los días.

Y fuí inmensamente feliz. 

Los 3 días volaron, entonces le pedí a Maria si podía quedarme otros 3 días mas. No me quería ir. Sevilla se me había metido en la piel. 

Después de hacer vivido de su ilimitada generosidad durante 6 días, y como si todo eso no hubiese sido suficiente, mi excepcional anfitrión consiguió que uno de sus amigos me «monte en el AVE» (me haga subir al tren GRATIS) para que vuelva a Madrid.

Con Mario, mi adorable anfitrión sevillano.

Nos despedimos en la terminal de trenes, con un abrazo eterno y unas cuantas lagrimas rebeldes que se me escaparon a pesar de mis intentos por retenerlas. Prometí que volvería, se lo prometí a Mario y a mí misma. Necesitaba saber qué algún día volvería a caminar sus calles, a oler sus flores, a escuchar su música. 

Sevilla me regaló mucho mas que la mejor experiencia de Couchsurfing que tuve en mi vida.

Sevilla vive alegre en un rincón de mi corazón, y ahí espera, cómoda y segura, el día en que nos volvamos a ver.

FIN


A veces, los caprichos del destino nos regalan sorpresas deslumbrantes.

En la espectacular Plaza de España, Sevilla.

Sevilla fue uno de esos obsequios inesperados que aparecieron en mi vida, de zopetón y sin buscarlo, pero tan bienvenido como los primeros calores tibios de la primavera, que derriten el frio invernal que se acumula en mis huesos.

Muy lejos de las conocidas frases: «Fui a Sevilla porque me dijeron que es hermosa», «Quería conocerla por su legendaria historia», «Sevilla tiene algunos de los edificios mas espectaculares de España» o alguno de los tantos argumentos que seducen cada año a miles de turistas para visitarla, el motivo que me llevó a la capital de Andalucía no fué de interés cultural, arquitectónico o histórico. 

La causa de mis días sevillanos resultó ser el motivo más mundano, que puedas imaginar: fue el destino más barato que encontré…

El 2011 estaba de estreno. Por entonces, mi amiga (futura socia de viaje) y yo, pasábamos el ardiente verano porteño planificando nuestro próximo periplo europeo. Teníamos comprados los pasajes a Madrid para fin de mayo. Era mi segundo viaje al viejo continente, y el primero de ella. Italia sería la gran protagonista de la película, pero a las dos nos seducía un destino un tanto exótico: Marruecos.

El instinto nos decía que no habría mejor oportunidad para conocer el país africano, que resulta ser un destino algo atípico y menos popular que las grandes capitales europeas, por lo que encontrar soci@ de viaje para visitarlo no resulta sencillo. Más allña de mi ilimitado valor aventurero, descubrir los encantos marroquíes con mi mejor amiga era un plan imbatible. Tomamos la decisión sin demasiadas vueltas.

Marrakech, la capital de Marruecos, sería nuestro Último destino compartido.

Desde ahí ella volvería a Madrid, para tomar el vuelo de regreso a la Argentina. Yo, en cambio, tenía 15 días más, con rumbo desconocido. Tenía tanto mundo por explorar que no me podía decidir: Londres, Berlín, Barcelona, Amsterdam… ADÓNDE IR???

La fecha de partida se acercaba rápidamente y yo seguía indecisa. Pero me estaba quedando sin margen de tiempo, no podía seguía dudando. Una calurosa tarde de abril, apenas un mes antes de partir, me senté frente a la computadora con el firme objetivo de resolver la cuestión.

La calidez del ambiente conectó mis neuronas de una forma inédita, y la solución se materializó súbitamente frente a mis ojos. Era una clara, brillante y descabellada idea.

Y si elegía mi destino al azar? 

Aunque por un lado me parecía un locura absoluta, algo me impulsó a probar éste método desconocido. Lo descubrí en alguna de las tantas búsquedas de aéreos que había hecho. En varias webs de diferentes aerolíneas aparecía la opción de DESTINOS ALEATORIOS o algo así. Nunca la había probado y la intuición me decía que era el momento perfecto de hacerlo.

Ingresando la ciudad de origen y la fecha de partida, la página en cuestión ofrecía las alternativas disponibles que había para viajar desde ese lugar. 

Lo pensé un poco más y llegué a la rotunda conclusión de que mi inusitado plan era la salida perfecta para resolver el intríngulis viajero al que me enfrentaba. Antes de zambullirme en semejante extravagancia, me comprometí conmigo misma a aceptar el resultado, cualquiera que fuera. En ese humilde acto privado, delegué la elección de mi próximo destino al azar… «Lo que toca, toca, porque la suerte es loca» trillada frase, repetida hasta el cansancio en la infancia de mis hijas.

Convencida por la brillante decisión que acababa de tomar, ingresé los datos solicitados. Ciudad de origen: Marrakech. Fecha de partida: 20 de junio de 2011.

Inspiré hondo e hice click en BUSCAR.

A los pocos segundos, la lista empezó a corporizarse frente a mis ojos. Cómo iba a hacer para elegir uno!!! Al final la fortuna no me estaba ayudando demasiado… Estaba otra vez como al principio. Barcelona, Roma, París, Londres, Franckfurt, Berlín, Lisboa, el repertorio era tan extenso, como mis ganas de ir a todos esos lugares. 

En el preciso instante en que apoyé el cursor del mouse sobre la cruz para cerrar la página, la bendita respuesta que esperaba floreció ante mis ojos! Los muchachos de Ryanair me ofrecían viajar desde Marrakech a Sevilla por UN EURO! 

Cómo puede ser…debe haber un erroR!

No lo dudé un instante, ni me fijé si Sevilla valía la pena o no, sencillamente porque NO ME INTERESABA. Tenía la posibilidad de volver a Europa desde Marruecos por la ridícula cifra de un euro, no iba a permitir que se me escape semejante regalo, aunque Sevilla resultara ser la ciudad más horrenda o insípida de España.

Nunca en mi vida tomé una decisión tan rápidamente, suelo ser bastante vueltera, sobre todo cuando se trata de la planificación de un viaje. Estoy horas, a veces días rumiando el recorrido, pensando si es conveniente o lo puedo mejorar, comparo opciones en diferentes empresas, juego con las fechas, los horarios… Pero esta vez no había tiempo para debates logísticos. Sin demora inicié el proceso de compra. Cuando llegué al ultimo paso me encontré con la sorpresa que el pasaje seguía costando €1, más €14 de impuestos.

Más allá de la incoherencia de tener que pagar más de impuestos que de tarifa, el precio seguía siendo una GANGA absoluta y sin mayor análisis lo compré.

«Después de Marruecos me voy a Sevilla»  le dije a mi amiga. 

«Ahhh, está buena la ciudad?»  me preguntó.

«No tengo la menor idea, pero el pasaje me costó €15… y está en España. Si no me gusta, después veo adónde me voy»  le respondí,  ignorando la inmensidad del obsequio que la suerte me había regalado.

Catedral de Sevilla

Para redoblar mi osada apuesta, decidí probar suerte con Couchsurfing. Sería la primera vez que usaría este particular sistema de alojamiento estando sola, y quedarme en una casa sevillana me resultaba una idea insuperable. 

Ingresé al portal con una fe inquebrantable. Una sustanciosa cantidad de posibles candidatos aparecieron en respuesta a mi búsqueda, y pero mi atención se enfocó rápidamente en el primero de la lista. Se trataba de un señor de mi edad (40 años por entonces), de nombre Mario López. En su perfil encontré lo típico: muy social, interesado en conocer gente nueva, compartir buenos momentos, blablabla. Pero lo completamente atípico era su foto de presentación. El susodicho lucía orgullosamente unos inmensos anteojos de plástico de color naranja furioso, famosos conquistadores de todos los carnavales cariocas, y una peluca afro con bucles verde flúo. Su onda traspasaba la pantalla del monitor y supe automáticamente que él sería mi anfitrión en Sevilla. Le pedí hospedaje por 3 noches. Estaba tan segura que me iba a aceptar, que ni siquiera me tomé la molestia de mandar otras solicitudes.  

CONTINÚA EN EL PROXIMO CAPITULO…


Nuestro primer viaje a Europa fue, por decirlo elegantemente, de miseria absoluta.

Habíamos comprado los pasajes meses atrás, cuando nuestra situación económica era muy diferente a la realidad que vivíamos cuando tuvimos que subir al avión. El presupuesto que manejábamos con el salteño, era más corto que patada de chancho.

Nos fuimos igual, en contra de toda lógica. No queríamos perder los pasajes (cambiarlos de fecha era más caro que comprarlos nuevamente) y porque somos, en definitiva, dos kamikazes irresponsables.

El viaje ameritaba una serie de ajustes drásticos, el más importante era el tema del alojamiento y la opción que mejor se adaptaba a nuestros escasos fondos presupuestarios era evidente: debíamos dormir en hostels.

«Obvio que tenemos que dormir en hoteles» me aseguró el señor oriundo del norte, aquella tarde de abril, unas semanas antes de nuestra fecha de partida. Aún recuerdo su cara de preocupación ante mi comentario ridículo…

Adivinando que no había entendido lo que quise decir, le aclaré: «No amor. Vamos a dormir en un HOSTEL, con S en el medio, no en un HOTEL».

«Eso no existe» me respondió, con la seguridad de un señor de más de 5 décadas que no estaba dispuesto a debatir los conceptos más básicos de la sociedad moderna. Le expliqué entonces, a grandes rasgos y sin ahondar en detalles, las diferencias sustanciales entre hotel y hostel. Y le comenté, gráficamente, que la diferencia de tarifa que teníamos entre hospedarnos las 5 noches en Barcelona era de casi el doble…

«Tripa corazón, mi amor. Es esa o no viajamos…» le dije, sabiendo que por la guita baila el mono. 

«Bueno… está bien» refunfuñó con cara de pocos amigos, dejando bien clara su postura, completamente en contra de semejante demencia.

El primer hostel que pisamos (el de Barcelona) resultó ser un primor absoluto. Ubicado en el coqueto y refinado barrio Eixample, la zona más «nueva» de la ciudad (aunque data del 1860). Una casona antigua, remodelada con exquisitez. Pulcro, ordenado, decorado con sencillez, buen gusto y dedicación, un combo insuperable. Pocas habitaciones, todas privadas. Una cocina de novela, super equipada, por te querías cocinar algo. Los baños, aunque compartidos, resultaban más que suficientes por la cantidad de huéspedes. El servicio impecable. Maravillosa experiencia.

El segundo destino fue París, ciudad que se caracteriza por hotelería cara, habitaciones mínimas y  demanda permanente.

Los hostels estaban todos completos, deberíamos quedarnos en un hotel… Fue un desafío olímpico buscar uno que no sea demencialmente caro, razonablemente bien ubicado y sencillamente decente.

Frente al espectacular Palacio Garnier, la Opera de Paris

Después de una exhaustiva investigación, elegí uno con ubicación insuperable (a 200 metros de las Galerías Lafayette) y un precio accesible. Los comentarios en Booking lo calificaban como bueno a secas, sin grandes lujos pero normal. 

«Cuán feo podía ser? Conque esté limpio y tenga una buena cama, suficiente!» me dije a mí misma. 

La llegada a París fue inolvidablemente estresante. 

Nuestro vuelo desde Barcelona llegaba al aeropuerto de Beauvais, ubicado a 80 km de la capital francesa, a las 19.30 hs. Media hora después tomaríamos un bus que en 1 hora y cuarto nos dejaría en Porte Maillot, donde se encontraba una estación de metro. Haciendo dos combinaciones con otras lineas, terminaríamos el periplo a unos 300 metros del hotel elegido, llegando a las 22 hs aproximadamente.

La teoría sonaba perfecta. Pero la teoría muchas veces no coincide con la práctica…

Aterrizamos puntualmente. A partir de ese instante, se desató la famosa «serie de eventos desafortunados». 

Un percance técnico en el aeropuerto, nos retuvo casi media hora dentro del avión. Las valijas pasaron por el infierno y el purgatorio de Dante antes de llegar al paraíso de nuestras manos.  La terminal estaba en plena construcción, repleta de desvíos y demoras extras. 

Después de la interminable carrera de obstáculos, llegamos a la parada de micros, donde el nuestro brillaba por su ausencia. El próximo partía en 30 minutos. Mi mente frenética hacia cálculos… estábamos demorados, pero no era nada crítico. 

El punto crucial en este embrollo matemático, era el horario del metro. Recordaba haber leído que algunas líneas funcionaban hasta las 23 hs… lo que no me acordaba con exactitud era si «nuestra línea» era una de ellas.

Si llegábamos tarde y la estación del metro estaba cerrada, había que tomar taxi hasta el hotel, lo que significaba desembolsar unos 70 euros… Una fortuna para nuestros esqueléticos bolsillos.

Partimos del aeropuerto pasadas las 20.30 hs. A los pocos minutos ya estábamos en la autopista. «Relax, estamos bien de tiempo, no te preocupes» me decía a mí misma, intentando tranquilizarme.

Me acomodé en la butaca, cerré los ojos y empecé a respirar en forma consciente. Necesitaba una pequeña dosis de mi ritual espiritual para sosegar mi alma atribulada.

En medio de mi meditación express, un sacudón me trajo rápidamente al planeta tierra. 

Estábamos completamente parados en medio de un mega-embotellamiento de tráfico. Miles de luces rojas de stop y amarillentas balizas intermitentes alumbraban el cemento de la ruta, como un árbol de navidad, completamente inoportuno. Ahí nos quedamos unos cuantos minutos, que mi ansiedad contabilizó como eternas horas, hasta que el bus empezó a moverse, lenta y dolorosamente. 

Así comenzó nuestra marcha, avanzando a velocidad de tortuga cuadripléjica.

En la terraza de las Galerias Lafayette

La meditación pasó al olvido y me zambullí en una abrupta plegaria religiosa. Pensar en el despilfarro de una suma tan exhorbitante (para nosotros) de 70 euros en un taxi (equivalente a 7 comidas, 2 noches de hostel en Roma, 28 viajes en bus, etc, etc) me carcomía la existencia.

Los minutos avanzaban con rapidez inusitada, proporcionalmente inversa a la velocidad del micro, que parecía arrastrarse en cámara lenta. La supuesta hora y cuarto se duplicó por arte de magia y la hora clave (23 hs) nos encontró sentados en las incómodas butacas del bus. 

El salteño, completamente ajeno a mi sufrimiento, estaba inmerso en otra película. Contemplaba con una inmensa sonrisa, la lejana y deslumbrante silueta de la Torre Eiffel, que brillaba con sus miles de luces, por primera vez en su vida. Un faro resplandeciente que hacía bailar su corazón. Yo, desbordada por la ansiedad, intentaba detener mentalmente los segundos que se escapaban inexorablemente del reloj. 

Llegamos a la estación de subte a las 23.15 hs. 

«Ojalá me haya equivocado» me repetía una y otra vez, como un mantra que nos protegería del amenazador derroche. Sentí entonces, el particular temblor del metro pasando debajo de nuestros pies. Un estremecimiento me invadió y la preocupación se evaporó súbitamente. 

Me equivoqué! grité de alegría al cielo, al tiempo que agradecía al universo, al santoral completo, a Dios y cuanto personaje con trascendencia celestial se me cruzó en la plegaria. Sentí el cuerpo liviano y el espíritu tranquilo. Nos sentamos en un vagón desierto y me relajé completamente, mientras el glorioso vaivén se llevaba los fastidiosos restos del estrés acumulado. 

Salimos del metro a medianoche y la penumbra de París nos envolvió ferozmente. Cada uno de los músculos de mi cuerpo temblaban de cansancio, pero nos faltaban unos metros para llegar a la meta final. La promesa de una cama mullida y caliente me reconfortaba milagrosamente. 

Llegamos a la puerta del hotel, donde debíamos instalarnos durante una semana. Lo miré al salteño, quien inmediatamente me leyó el pensamiento.

Entramos en el lobby del hotel, haciendo un esfuerzo colosal para no huir despavoridos…

Al entrar al hotel, cruzamos un umbral cósmico, rumbo a un espacio paralelo. Nos convertimos en los improvisados protagonistas de una bizarra película de terror, un aterrador thriller de bajo presupuesto.

El infernal olor a humedad, mezclado con un tufo rancio de procedencia desconocida, nos dió la bienvenida. El hedor era tan fuerte que parecía haberse corporizado, lo presentía a nuestro alrededor, moviéndose burlonamente por toda la sala.

La gastada alfombra, de un intenso y doloroso fondo violeta con extraños arabescos negros, mostraba sus peligrosas hilachas en el surco descolorido, que iba desde la puerta a un mostrador enclenque, donde un inmenso gato negro, con ojos endemoniados, nos miraba fijamente. Dos sillones destartalados, de un color espantosamente indescriptible, descansaban solitarios contra las paredes empapeladas de una dudosa tonalidad lila. 

La tenue luz, que parpadeaba rítmicamente al son de una suave melodía oriental, un extravagante bálsamo sensorial, ajeno al espeluznante ambiente donde nos encontrábamos, le daba el toque final al estremecedor escenario

El salteño me agarró fuerte de la mano, temiendo que salga corriendo en cualquier momento. 

La escalera de la iglesia de La Madeleine estaba repleta de flores!

El cansancio infinito que sentía en mi cuerpo me obligó a emitir un débil «Hello».

Una silueta emergió del cortinado negro que colgaba, burdamente, atrás del mostrador. Era un joven hindú, de piel tersa, ojos distraídos, enfundado en un ajustado traje oscuro, corbata violeta furioso (a tono con la alfombra…) y una sonrisa digna de publicidad de pasta de dientes. El gato, fiel guardián del nefasto decorado, nos escrutaba descaradamente con ojos de Halloween.

«Tenemos una reserva » le dije, con un hilo de voz. 

Rápidamente el hindú confirmó la información y nos dió la llave del cuarto. 

La idea de comer algo en el hotel había desaparecido en el mismo instante que cruzamos el umbral y nos sumergimos en aquel escalofriante inframundo del hotel parisino.

Nuestra habitación era en el segundo piso. El hotel no tenía ascensor, un detalle intrascendente, teniendo en cuenta la situación general… Por otro lado, sólo viajábamos con un carry-on cada uno (cosas que se aprenden viajando…)

La escalera consistía en un inhóspito pasadizo de medio metro de ancho, una incómoda serie de irregulares escalones torcidos, tapizados con otra alfombra pestilente de color fucsia rabioso, y una débil luz azul que remataba la tétrica identidad de nuestro peculiar alojamiento.

Después de una dificultosa subida de costado, al estilo cangrejo, llegamos a la puerta de nuestra habitación. El pasillo, completamente oscuro, nos envolvió con una desagradable variable aromática, que nos anticipaba un espectáculo siniestro…

Cuando entré en aquel cuarto, el cansancio de haber estado «de viaje» casi todo el día, el estrés acumulado por horas y la sensación de repulsión por el lugar me desbordaron.

Las lágrimas me brotaron sin contención. 

La habitación consistía en un cubículo diminuto, impregnado del desagradable y ya familiar tufo. La cama (un colchón de antigüedad dudosa, que de limpia y mullida tenía muy poco) estaba apoyada contra dos paredes grises y el lugar para moverse alrededor de la cama era milimétrico. Las valijas quedaron aprisionadas en un pequeño espacio detrás de la puerta y nosotros parecíamos contorsionistas al movernos.

El baño se reducía a un oxidado duchador, tristemente colgado de la pared de mosaicos verde manzana (la afición del «decorador del tren fantasma» por los colores estridentes era notoria), sin cortina ni mampara. El aterrador toilette se completaba con una antigua pileta a punto de desplomarse, colocada incómodamente para los valientes huéspedes que se animaran a lavarse las manos o los dientes en semejante pocilga. El inodoro brillaba por su ausencia!

Resultó ser un particular «baño en capítulos» (?!?!?). La segunda parte se encontraba a unos 10 metros de distancia. Se trataba de otro cubículo, tan infame como el privado, donde un artefacto sanitario, en condiciones deplorables obviamente (para no desentonar con el resto de la escenografía espeluznante) aguardaba las visitas.

Al salir de «esa parte del baño», completamente shockeada, tuve la sensación de estar deambulando dentro de la casa de Psicosis… 

«En cualquier momento me cruzo con Norman Bates» pensaba irónicamente, mientras caminaba por el lúgubre pasillo de regreso a la habitación cuando PUM! me tropecé con un sombra que se movía en sentido contratrio. Se trataba de otro huésped del hotel terrorífico, que caminaba muy apurado rumbo al «baño capitulo 2». El señor me murmuró algo ininteligible (una disculpa quizás…) que me llegó envuelto en una nube con olor a whisky barato.

Estaba decidida a huir del laberinto del terror inmediatamente. Pero eran las 12 y media de la noche, estábamos agotados y la idea de salir a dar vueltas con las valijas, no era muy seductora. El salteño logró calmarme, con la condición de irnos al otro día. 

Abrimos la ventana de par en par, y el aire fresco de la noche comenzó a diluir el tufo nauseabundo que nos envolvía. 

Nos recostamos sobre la cama, completamente vestidos, a mirar la luz de la luna sobre los techos de París, hasta que nos quedamos dormidos.

Érase una vez, allá por mayo del 2015, cuando el salteño y yo habíamos logrado alcanzar, casi caprichosamente, uno de nuestros grandes pendientes: hacer un gran viaje juntos. 

Nuestra relación había cumplido 4 años y nosotros unas cuantas décadas (él una más que yo), según marcaban despiadadamente nuestros documentos y el cruel calendario. Más allá de la obscena cifra resultante de la suma de nuestras edades, el sobresaltado noviazgo distaba años luz a la calificación de madura y se asemejaba bastante más a la de unos ventiañeros inexpertos, que poco sabían del amor, de una pareja, incluso de la vida misma.

El mayor de nuestros problemas de ese momento (a los dos nos gusta ir variando la problemática para no aburrirnos rápidamente…) era el económico.

Unos meses antes, gracias a mi infalible estrategia agotamiento psicológico, había logrado convencerlo de comprar los pasajes en cómodas cuotas, cuando envalentonados por una buena racha de venta, nos subimos a una ola de despiplume derrochador. 

Días después empezó la debacle. 

Pedidos cancelados. Pagos incumplidos. Clientes que desaparecían misteriosamente. Todo parecía un descomunal complot magistralmente orquestado con el fin de boicotear nuestro tan deseado viaje. Mi co-equiper atravesaba un momento, por decirlo decorosamente, descomunalmente caótico. Sus fluctuantes ingresos de entonces, se desplomaban irremediablemente como las hojas de los árboles con la llegada del otoño. 

El desbarajuste de guita que nos rodeaba era de tal magnitud, que nos encaminaba irremediablemente a la segura cancelación del viaje. Vivíamos cada día como una agonía repartida entre la ansiedad de que llegue la fecha de partida y el desconsuelo de no poder viajar…

Estaba segura que no iba a subirse al avión.

Yo esperaba su fatídico mensaje. Cuando el teléfono me anunciaba su llamado, yo predecía mentalmente la lapidaria frase: NEGRA (si, aunque no lo creas me dice negra…?) NO VOY A VIAJAR, ES UNA LOCURA. 

En esa inquietante espera coloreada con tonalidades de enojo y desazón, fueron pasando los días. 

Incluso mientras hacíamos la fila de migraciones en Ezeiza, la sensación de intranquilidad se había fundido con el fluir de la sangre, recorriendo con violencia mis venas. 

Estaba segura que en cualquier momento se iba a dar vuelta, arrepentido y carcomido por la culpa, ante semejante despilfarro de guita que teníamos por delante.

Pero mi nefasto pronóstico, afortunadamente falló.

Se subió, aterrado ante la perspectiva de un vuelo de 12 horas (viajar en avión le cae muy antipático) y desbordado emocionalmente por la irresponsabilidad de nuestra aventura.

Del otro lado del océano nos esperaba Barcelona. 

Durante los 5 días de nuestra estadía, la situación fue relativamente tranquila, aunque la preocupación nos sobrevolaba discretamente. Decidimos no visitar las principales atracciones turísticas, más por falta de interés que por plata, (él nunca fué aficionado a las atracciones turísticas y yo ya estaba un poco agotada de ellas), con excepción de la Sagrada Familia, una apuesta bien jugada que supo estrujarnos las tripas y desbordarnos la emoción. 

Pero nuestro segundo destino nos aguardaba anhelante, afilando sus garras despiadadas, dispuesto a destrozarnos los bolsillos y el precario humor que supimos construir en esos días, simulando que el monstruo de nuestra complicada economía ya no nos perseguía. 

En la terraza de las Galerias Lafayette, con una de las mejores vistas de Paris

París, tan soberanamente espléndida para billeteras abultadas como cruel para presupuestos ajustados, desplegó sus encantos frente a nuestros deseosos ojos: vidrieras inimaginablemente tentadoras repletas con montañas de quesos, ventanas invadidas por comidas humeantes, mesitas redondas con manteles cuadrillé adornadas con vinos de colores y pasteles rozagantes. Un descomunal derroche de abundancia gastronómica que se nos escapaba inevitablemente, cuando nuestra afligida mirada se posaba dolorosamente en los precios desfachatados, que bailaban frenéticamente en los carteles de boulangeries (panaderías), fromageries (queserías) y épiceries (fiambrerías), o en los menúes orgullosamente exhibidos en la puerta de sus cautivantes restaurantes.

A las pocas horas de nuestra visita parisina el panorama era tan claro como brutal: había que hacer economía de guerra.

La solución, para mí, era evidente: deberíamos ser muy cuidadosos con nuestros gastos de comida. En lo personal, me resultaba muy sencillo implementar esta medida. Más allá de mi desmesurado aprecio por el morfi, podía subsistir sin problema «picando por ahí» alguna de las innumerables y tentadoras delicias que se encuentran en los puestos callejeros que colonizan los caminos parisinos, una de mis actividades preferidas cuando viajo. 

El salteño aceptó desganado. Pero el acuerdo duró muy poco.

A las 24 horas, llegó el ultimátum.

Milagrosamente había salido el sol, bautizando aquella radiante mañana de primavera. Sentados en una improvisada mesa con dos banquetas, saboreábamos nuestro frugal desayuno, un discreto café para el señor, té para la señora, acompañados por una tibia croissant, exquisitamente crujiente, preparados con esmero por una anciana iraní, tan arrugada como simpática. La señora atendía un diminuto local casi escondido, justo enfrente a nuestro hotel y fue uno de los mejores hallazgos que hicimos al instalarnos en Montmartre, nuestro hogar por los próximos 5 días.

Los Jardines de Luxemburgo, uno de nuestros lugares preferidos en París

Entre dos sorbos de café, el salteño me estampo su resolución, completamente incuestionable por mi parte.

Muy serio me dice: NEGRA (después de tanto tiempo, todavía me parece ridículo su cariñoso apodo, teniendo en cuenta que soy pelirroja!) EN BUENOS AIRES GASTO 200 PESOS POR DÍA, O SEA 14 EUROS (al cambio de aquellas épocas doradas). A PARTIR DE AHORA, TE GUSTE O NO TE GUSTE, VOY A GASTAR ESO EN MI COMIDA. VOS HACÉ LO QUE QUIERAS.

La lógica del planteo era innegable y el reclamo justo. Los 5 kilos menos que acusó la balanza el día anterior, era un argumento tan sólido que no se podía rebatir. A partir de ese día, nuestro presupuesto gastronómico se estabilizó en los 14 euros por día para cada uno.

Y fuimos felices, aunque no comimos perdices!

Una bienvenida memorable. Un día legendario. Una noche antológica.

Habíamos reservado una habitación en uno de los típicos hoteles de Capadocia. Cuevas de toba calcárea, protagonistas indiscutidas de este destino fascinante, recicladas en alojamientos tan sorprendentes como espectaculares.

Nuestro primer día fue intenso. 

Arrancamos con una inolvidable llegada triunfal (en ESTE POST te cuento con detalle), tiramos el equipaje en el hotel y salimos a pasear por Goreme, una pequeña ciudad de Capadocia dedicada pura y exclusivamente al turismo, lugar ideal para alojarse si tenés planes de recorrer esta región mágica.

Anduvimos en cuatriciclo (tremenda experiencia, te la súper recomiendo!), nos aventuramos hasta Uchisar en bus público, saboreamos uno de los tantos çay que bebimos durante nuestro tiempo en este país (el exquisito té turco negro) con baklava (uno de los postres más exquisitos que probé en mi vida) y fuimos testigos de la magia del sol escondiéndose entre las chimeneas de las hadas. 

Gran experiencia! En cuatriciclo por Capadocia.

Por fin nos agarró la noche.

Decidimos cenar en un restó bastante cercano al hotel. En Goreme todo es «acá nomás». Los hoteles, comercios, bares y locales gastronómicos se concentran en menos de un kilómetro, casi todos sobre la «calle principal».

Nos recibieron unos mellizos de novela taquillera, que destilaban amabilidad y cordialidad. Elegantemente vestidos y con una inmensa sonrisa dibujada en sus caras morenas. Después de devolver el saludo les pregunté si aceptaban tarjeta de crédito. 

«Por supuesto, madame» contestaron en perfecto inglés. 

«Ok, entonces nos quedamos» le respondí, aliviada. 

(Parentesís aclaratorio, fundamental y oportuno. Cuando viajo, tengo la costumbre de llevar muy poco dinero encima, el mínimo necesario para comprar una chuchería en algún puesto callejero, no mucho más. Pago todo lo que puedo con tarjeta de crédito. Lo tengo muy incorporada en mi rutina de vida, esté de viaje o no, por eso la importancia de la pregunta, para decidir si nos quedábamos a comer ahí o buscábamos otro lugar).
Afortunadamente no fue necesario. Realmente quería cenar en ese lugar. Trip Advisor lo mostraba en el primero de los lugares para comer y aunque me llevé un par de chascos con recomendaciones de esa plataforma, los comentarios eran realmente fabulosos. Incluso había consultado en el hotel y me dijeron que era uno de los mejores restaurants que había en la ciudad.

Volvamos al cuento. Se trataba de un negocio familiar. Los mellizos y una chica joven (sin dudas la hermana de los mellizos, el parecido era contundente) se repartían para atender a los comensales. El padre, claramente, estaba a cargo de la cocina y la madre era la encargada de la caja. 

El lugar, como todo en Goreme, simulaba ser una cueva. Las luces, cálidas y tenues, le daban al salón un ambiente especial, íntimo, entrañable. Una manada de alfombras multicolores, perfectamente gastadas, tapizaban por completo el piso de tierra pisada y tinajas de diferentes tamaños y formas pululaban por toda la estancia. Unas pocas mesas y sillas de madera rústica anticipaban, silenciosamente, una noche perfecta. Los suaves acordes melódicos de música turca completaban el escenario cinematográfico.

No había menú escrito, detalle que me terminó de conquistar.

El mellizo que nos tocó en suerte nos explicó cuales eran los tres platos disponibles de ese día. Nos decidimos por el testi kebabi, típica comida turca. Este guiso de cordero se cocina durante horas dentro de una pequeña tinaja de barro, lo que le da un sabor único y particular. Para servirlo, se rompe el recipiente. Nos tentamos al ver al otro mellizo celebrando este ritual en la mesa de enfrente. 

Testi kebabi, guiso de cordero típico de Turquía

«Espectacular! Es el manjar de la casa y lo mejor que van a comer en toda Turquía» sentenció con seguridad nuestro anfitrión experto. 

El suculento plato debía acompañarse con una jarra de vino caliente. El gesto reprobatorio con el que nos miró cuando insinuamos la idea de que el vino esté a temperatura ambiente fue lapidario.

«Vamos con el vino caliente!» dijimos al unísono con el salteño, incapaces de contradecir a nuestro mesero. 

La cena fue un festín. Del derecho y del revés. 

Cuando terminamos de comer, el mellizo nos ofreció un çay (si, los turcos toman este brebaje toda hora y en todo lugar). Todavía nos quedaba media jarra del vino caliente (que, nobleza obliga, es una delicia absoluta!) por lo que decliné amablemente su oferta.

«Madame, permítame que le diga, es mucho mejor si todavía no terminó el vino. El çay limpia la boca del sabor del guiso, puede acompañarlo con un postre si gusta. Así evita que el dulce se mezcle con los sabores de la comida. Además es muy bueno para el estómago y evita que el alcohol le caiga mal».

La explicación científica del mellizo, aunque era redomadamente incomprobable, tenía cierta lógica, sobre todo bajo los notorios efectos del vino caliente que ya sentíamos en nuestro cuerpo. 

Tomamos nuestro çay acompañado con una porción de baklava, por supuesto (a esta altura del viaje ya erámos adictos a este postre) y después aniquilamos lo que quedaba de vino.

Baklava, una delicia turca. Masa filo, pistacho y almíbar.

Se terminó la bacanal, hora de pagar la cuenta. 

Le damos la tarjeta de crédito a nuestro mellizo preferido, quien vuelve a los pocos segundos con un preocupante gesto de angustia y nos informa, con inmenso pesar, que no tenían tarjeta.

«Pero cómo me decís eso ahora? Si fue lo primero que preguntamos al llegar y vos mismo me dijiste que sí. De otro modo no hubiésemos entrado!»  le respondo.

Se disculpó mil veces en 30 segundos, nos explicó que hacia días que la máquina no funcionaba (al parecer un problema muy habitual en la zona) y que él no estaba al tanto de este inconveniente, que se había enterado recién. 

«Pero no tenemos plata» le respondo, entre enojada y preocupada.

Se acercan entonces el padre y la madre, muy solemnes, a presentar sus condolencias formales por el grave inconveniente. Y nos dicen, con una sonrisa amable y sincera que no había problema, que vayamos tranquilos.

«Cómo que nos vayamos? No entiendo!» exclamé, mientras traducía en simultáneo al salteño que, con cara de espanto, me preguntaba si estaba entendiendo lo que me decían. 

El mellizo, en rol de vocero oficial, repetía que fue un error de ellos, por favor madame perdón por la molestia, lo más importante es que les gustó la comida y pueden irse tranquilos.

Yo, cuál loro desquiciado, seguía preguntando ¿WHAT, WHAT, WHAT?

No se me podía pasar por la cabeza que después de haber comido como los dioses y disfrutado una cena memorable, nos pedían disculpas fervientemente y nos invitaban a irnos sin pagar. 

Azorados por la situación, incapaces de descifrar si era una joda para Showmatch o se trataba de alguna extraña costumbre del lugar, ofrecimos diferentes soluciones para resolver el problema.

«Porque no nos acompañan hasta el hotel y le damos el dinero». «Pagamos al hotel la cena y después arreglan con ellos». «Dejamos el dinero en el hotel».

A cada una de las propuestas, los turcos negaban con la cabeza y amablemente nos volvían a repetir que no había problema.

Cuando vimos que no había caso, decidimos irnos. La familia entera nos escoltó hasta la puerta, siempre sonriente, para despedirnos y nos fuimos tranquilamente del restaurant sin pagar…

La noche siguiente nos presentamos ante la madre y saldamos nuestra deuda honor, que pesaba en nuestra conciencia.

Cuando recuerdo esta anécdota siempre pienso lo mismo… ¿qué hubiera pasado si esto nos pasaba en otro país?

Hay situaciones que, cuando viajamos, debemos evitar. 

Claro, es muy fácil decirtelo ahora, después de haberlas pasado… Pero cuando me tocó vivir esta anécdota yo era una viajera inexperta, una verdadera kamikaze que se había aventurado a Europa por primera vez sola y sin demasiada información.

Llegué a Venecia de noche (dos grandes cagadones!). Aterricé en Mestre, el aeropuerto más cercano y por gracia de los astros logré subirme un bus que me dejo en la estación de trenes Santa Lucía. 

Al otro día de aquella primer fatídica noche veneciana.

Agarré mi detestable valijón de 23 kilos, que en ese momento se habían multiplicado y parecían ser una tonelada, y comencé mi desafortunado camino rumbo al hostel.

El paupérrimo mapa que, milagrosamente, pude rescatar en la terminal indicaba que estaba a unos 800 metros de mi destino (nótese que 10 años atrás no existían los celulares con googlemaps).

Es acá nomás me dije ilusa, mientras comenzaba mi caminata.

A los 20 metros de haber salido de Santa Lucía, empezó a diluviar. 

ME ESTÁS JODIENDO! pensé. Decidí ignorar la lluvia. El cansancio y el hambre superaban ampliamente el factor climático.

VAMOS QUE YA LLEGAMOS! me decía para darme ánimos… 

Y entonces, se rompe la manija del valijón maldito! Recórcholis, rayos y centellas, LPMQTP y todo el rosario de insultos que conocía…

El trayecto de 800 metros se transformó en un tortuoso camino que duró media hora, cargando el valijón como podía, de a ratos le hacía upa, cuando me agotaba lo arrastraba de la manija rota. Y así, a velocidad de oruga cuadriplica bajo las cataratas de lluvia fría, conseguí llegar al supuesto lugar donde debía encontrar el hostel que, obviamente, NO ESTABA!

Era casi medianoche. Ahí estaba yo, una verdadera alma en pena con la valija rota, sola en una esquina desierta y oscura de una ciudad desconocida, muerta de cansancio, famélica y chorreando agua.

Mientras reflexionaba si la mejor opción era revolear mi odioso equipaje al agua o tirarme en la calle a llorar, de repente escucho unos pasos a lo lejos… UNA PERSONA! 

Era el primer ser humano que me cruzaba desde que había empezado mi extenuante vía crucis. Conteniendo las ganas de salir disparada a abrazarlo, lo saludo y con una mezcla de argentano básico le muestro el papel donde tenía escrita la supuesta dirección que buscaba.

El señor tano, poniéndome cara de: NENA, QUE BOLUDEZ LO QUE ME PREGUNTÁS me señala para arriba. Y con inmenso alivio veo un cartel con el nombre del hostel. 

Resulta que yo buscaba el número 83 bis, eso significa que es arriba del 83… como no saberlo!?!?!. Sostengo que Italia es lo más del mundo pero lo de la numeración ‟BLUE” me superó completamente .

Piazza San Marco, Venecia.

Moralejas del cuento

De esta cómica (ahora) pero estresante experiencia, mis aprendizajes fueron:

  • NUNCA LLEGAR DE NOCHE A UNA CIUDAD DESCONOCIDA: de día, cuando hay gente en la calle y sobre todo luz, todo se hace más fácil y genera menos complicaciones.
  • EVITAR LLEGAR A VENECIA EN AVIÓN: la mejor forma de llegar a este destino italiano es en tren, desde ahí podés tomar el vaporetto si necesitás llegar al centro de la ciudad.
  • LLEVAR MUCHO EQUIPAJE: nunca es conveniente llevar valijas grandes y pesadas (en mi post de TIPS VIAJEROS te cuento algunos más) pero hay destinos que son particularmente difíciles para moverse con el equipaje. Venecia es, definitivamente, uno de ellos.
  • NO SABER CÓMO LLEGAR A TU HOTEL: ahora todo es más fácil, podemos estar siempre ubicada con las aplicaciones en nuestros teléfonos celulares. Un tip extra que siempre tengo presente, me fijo bien cómo llegar al hotel antes de llegar al destino y me guardo las indicaciones en un anotador o en el celular, por las dudas si no puedo abrir las aplicaciones, o me quedo sin batería o lo que sea!

Roma me esperaba pacientemente…

Con una parsimonia acumulada a través de siglos de historia. Su memorable bienvenida comenzó en la frenética estación Términi, un perfecto ejemplo de moderno inframundo desquiciado que contrasta violentamente con colosales anfiteatros, ruinas de foros imperiales, fuentes esculpidas y plazas descomunales.

Todo empezó con la deliciosa experiencia de bajar con mi odioso valijón roto del tren (se me rompió en Venecia, otra imborrable anécdota que te cuento ACÁ). Y eso que tuve mucha suerte! Cuando me debatía en plena lucha libre con el abominable mamotreto de 23 kilos que descansaba plácidamente a 2 metros de altura, en el estante reservado para el equipaje, dos franceses (a los que amé con locura en esos 10 segundos) se ofrecieron a ayudarme y bajármelo.

Empecé a caminar por el interminable andén, sacudida por ráfagas de turistas. Milagrosamente llegué a la estación del metro A.

Y entonces, bingo!!! Las escaleras mecánicas no funcionaban.

Completamente resignada, me dispuse a subir los miles escalones que parecían reproducirse mientras yo los escalaba con mi tortuosa valija a cuestas.

Diez minutos después esperaba el subte con dirección a Anagnina, en un estado absolutamente deplorable. Me caían las gotas de transpiración, había acumulado varias decenas de puteadas tanas y todavía no podía recuperar la respiración que perdí en el tercer escalón.

La cuarta parada era mi estación, Re di Roma, buen nombre pensé. La alegría me duró poco. Frente a mí se materializó una nueva escalera, eterna como la ciudad y completamente despreciable para mi gusto. Busqué un ascensor inútilmente.

Era evidente que mi viaje crucis todavía no había terminado.

Como premio de aquél inolvidable momento me gané un legendario dolor de espalda que me acompañó por varios días.

Cargando con mi detestable equipaje, me entregué con absoluto esmero y dedicación, a la ardua tarea de ubicar el hostel elegido. Mi experiencia previa en Italia buscando el alojamiento correspondiente no era muy favorable…

Caminaba pensando en su extravagante nombre “Alice in wonderland“, Alicia en el País de las Maravillas… Me imaginaba una inmensa fachada multicolor, cortinados floreados y exóticas esculturas aguardando divertidas la llegada de los nuevos huéspedes.

La realidad me volvió a sorprender. Me encontré frente a una inmensa puerta de madera, aburridamente lisa y sin ningún decorado. Al costado izquierdo un descomunal tablero metálico se desplegaba brillante, donde 30 timbres aguardaban pacientemente su turno para sonar. Por supuesto NINGUNO de ellos estaba identificado con el ocurrente nombre en cuestión.

“Puede ser que para encontrar un hostel en Italia siempre hay sufrir como testigo falso???“ me pregunté, completamente azorada.

Decidí implementar el famoso truco de pararme en la puerta hasta que alguien entre o salga y preguntar. Pero, como diría nuestro querido amigo Tusam, puede fallar…

El primer humano que abrió el portón resultó ser un anciano, de audición limitada y vista deplorable quién, al no entender mi lamentable chapuceo simil italiano, ni descifrar los jeroglíficos del papel que le mostré, optó por ignorarme. El segundo, un auténtico espécimen de la familia de los maleducados, respondió a mi desesperada pregunta con un portazo de novela.

Cansada del éxito, acomodé el maldito equipaje contra la entrada y me senté sobre él, a la espera de la suerte.

Llegó pronto. Era una rubia altísima de sonrisa eterna. Alemana y huésped del lugar en cuestión y rápidamente me pasó el informe completo: 

  1. el hostel estaba en el 3er piso y NO HABÍA ASCENSOR (seguía sumando éxitos).
  2. el encargado brillaba por su ausencia. En los 4 días que llevaba instalada ahí, nunca lo había visto.
  3. según sus cálculos, la capacidad del hospedaje estaba completa (ergo: yo no tenía donde dormir).
  4. me ofrecía amablemente, la mitad de su cama de 2 plazas, hasta que se resuelva mi compleja situación.

Nora, la simpática germana rubia no solo me ayudó con el mamotreto, sino que me explicó las normas mínimas del establecimiento y me hizo lugar en su habitación.

El abnegado empleado apareció milagrosamente el penúltimo día de mi estancia para recolectar el pago.

Así comenzó mi historia de amor eterno con Roma, mi lugar en el mundo.


BIZARRA es la palabra exacta que describe nuestra llegada a Capadocia. Habíamos viajado toda la noche en bus desde Pamukkale (destino del cual ya hablaré en un futuro post). Fue un trayecto memorable.

Yo, fiel a mi costumbre de dormir en cualquier parte, me acomodé en dos asientos y dispuesta a descansar toda la noche. El salteño, fiel a su costumbre de no dormir bien en ninguna parte, mucho menos en un bus repleto de turcos, se resignó a pasar la noche en vela.

En algún momento de la madrugada, me despierto con unos sacudones. Era el salteño, que mientras me zamarreaba me decía: NOS VAMOS A MORIR! Hay una loca a los gritos, seguro es una de esas fundamentalistas que llevan una bomba encima, va a explotar el micro. NOS VAMOS A MORIR!

Antes de seguir con el cuento, hago un paréntesis para aclarar un poco la situación que estábamos viviendo. Desde que tengo memoria yo quería conocer Turquía, pero el salteño estaba negado. Desde el atentado en Estambul lo descartaba sistemáticamente. Sus elegidos eran Londres y Escocia, destinos poco atractivos para mí. Ya había estado en Londres y no tenía interés en regresar y Escocia no me llamaba ni un poco la atención. Después la amé.

Un día le dije: Como no vamos a ponernos de acuerdo el recorrido del viaje, te propongo que negociemos. Hagamos un viaje miti-miti. La mitad del viaje la elegís vos y yo te acompaño. La otra mitad la elijo yo y vos, ídem”. 

Aceptó mi propuesta. 

El resultado fue un viaje insólito con logística descabellada (lo que siempre recomiendo NO HACER!) pero no había opción.

Volviendo a la historia, estábamos en la parte del viaje que el salteño NO HABÍA ELEGIDO y que, obviamente, no estaba disfrutando).

Me esforcé para que mis neuronas conecten y procesen rápidamente la información que el señor me estampó en medio del descanso. De pronto escucho el supuesto “rezo suicida pre-estallido“. Era la voz de una mujer que repetía sin cesar, más o menos las mismas ininteligibles palabras, en una inquietante mezcla de llanto, grito y rezo.

Intenté averiguar que pasaba, pero ninguno de los pasajeros hablaba inglés…

Después de varios minutos del agotador y agónico lamento turco, mientras intentaba tranquilizar al salteño para que no se suicide antes de que explotemos, el micro paró en medio de la ruta, en medio de la noche, en medio de la nada…

Las terrazas de Pamukkale, Turquía

Desde mi ventanilla intentaba descifrar la bizarra situación que se desarrollaba afuera, en medio de la oscuridad. 

Los gritos de la supuesta “fundamentalista-suicida que nos iba a matar a todos“ destrozaban el silencio absoluto de la noche y dos hombres (supuse que eran el chofer y acompañante) trataban de tranquilizarla. Unos 20 minutos después el micro reanudó su marcha.

Pero la paz no duró mucho y a los pocos minutos… otra vez la misma cantinela. Grito, llanto y a parar en medio de la desolada pampa turca. Fueron 3 o 4 paradas (perdí la cuenta) y después silencio, el show por fin se había terminado. No sabemos si la señora se tranquilizó, la dejaron en medio de la ruta o la amordazaron. Cuestión es que la última hora de viaje fue en paz.

Estaba a punto de dormirme nuevamente, cuando otros gritos interrumpieron mi descanso. Esta vez era el chofer anunciando nuestra parada.

Atontados por el cansancio, los nervios, la confusión y el sueño bajamos del micro. La noche helada nos envolvió por completo. Estábamos en una pequeña terminal de micros, oscura y temerosamente desierta, donde debíamos esperar el bus que nos llevaría a Goreme, nuestro destino final.

Mientras buscábamos un lugar para refugiarnos del frío, resonó desde el vacío de la penumbra la voz de hombre que nos hablaba en turco. 

English? le pregunté, entre desconfiada y algo asustada. Afortunadamente me contestó en un dudoso inglés, suficiente para entendernos. Resultó ser el dueño de una de las agencias de viajes de la terminal. Al minuto desplegó el innato talento turco por excelencia y nos bombardeó con su oferta de actividades, dispuesto a salvar la noche con una venta.

Cuando se dio cuenta que nuestras prioridades entonces eran las más básicas, rápidamente cambió la estrategia. Me ofreció su sillón del escritorio para que me acomode y al salteño en una silla, prendió la calefacción y nos preparó un sublime té turco bien caliente, que nos devolvió el espíritu en segundos. 

Apenas vió que sus víctimas estaban en condiciones de negociar, volvió a la carga…

Goreme, nuestro destino final en Capadocia

Nuestro anfitrión, haciendo gala de un extraordinario don de vendedor, logró convencernos con el paseo en globo y un tour por la región. Nos ofreció ambas actividades a buen precio y su amabilidad merecía el premio de la compra. 

Cuando llegó el momento del pago, la cosa se complicó. Nosotros queríamos pagar con tarjeta de crédito y el señor no tenía la máquina correspondiente. Pero Cemal (así se llamaba) no se inmutó. Nos dijo que no nos preocupemos, que pagábamos después. 

“Cómo después?” le pregunté, sabiendo que no había posibilidad de que regresemos a la terminal fantasma.

“No hay problema, mañana a las 5 am los pasan a buscar” nos aseguró. Y dio por finalizada la transacción.

Tras cartón nos dice “Vamos que los llevo! Todavía falta más de una hora para que pase el bus”. Mudos por el asombro y sin saber muy bien cómo reaccionar, decidimos seguirlo. El turco nos guió hasta su auto personal y emprendió el camino. Para entonces estaba amaneciendo y sobre nosotros empezaron a aparecer unos pocos, después algunos más, hasta que el cielo, pintado de colores inimaginables, se llenó de globos y a mí se me estrujó la piel, se me anudaron las tripas y se me erizó el alma.

Cemal nos dejó en la puerta de nuestro hotel. “A las 5, estén listos” nos recordó mientras se despedía.

A la mañana siguiente estuvimos puntualmente listos, completamente seguros que no nos buscarían porque, básicamente, no habíamos pagado!

A las 5.10 am, una combi se detuvo en la puerta del hotel. Paseamos en globo. Al otro día hicimos el tour por Capadocia. Cuando volvimos al hotel, Cemal nos recibió con una sonrisa deslumbrante, venía a cobrar lo que nos había vendido y ya habíamos disfrutado. 

Bizarra. Asombrosa. Inolvidable. Así fue la bienvenida que nos dió Capadocia.


Llegamos a la estación central de trenes de Edimburgo envueltos por una molesta llovizna de noviembre.

El caprichoso cielo gris, encapotado de nubes sombrías, prometía una tarde de aguaceros, mientras el frío indómito nos perforaba la piel.

Deambulábamos por los caóticos pasillos de la terminal, hechizados por los acordes de una lejana gaita melancólica. 

Ibamos en busca del famoso cartel amarillo de la rentadora de autos, más entusiasmados por la promesa de una cálida oficina que por el apuro de seguir viaje…

La sonrisa amable de un cordial empleado nos esperaba tras el mostrador. El joven escocés gestionó rápidamente nuestra reserva y nos informó, con tono solemne, que el auto que habíamos contratado (el más básico, obviamente) no estaba disponible y que nos daría uno de categoría superior sin costo adicional.

”No problem” le respondí.  

A los pocos minutos, el susodicho aparece con el auto en cuestión: un tremendo VOLVO casi 0 km!!!

”Here is your car, Miss. Hope it´s ok for you” me anuncia, entregándome las llaves del cofre de la felicidad.

Nos miramos de reojo con el salteño (que se encontraba en un monumental estado de shock) intentando contener el alarido de felicidad que teníamos atragantado.

No podíamos creer nuestra suerte! Habíamos pagado dos pesos y nos ganamos el gordo de Navidad!

Nuestro Volvo, en medio de alguna ruta escocesa

Cargamos la valija rápido, no sea cosa que se den cuenta y se arrepientan.

”Bye, bye. Thank you very much” le dije al empleado, reprimiendo el impulso de abrazarlo y besarlo y nos dispusimos a huir raudamente.

La alegría nos duró poco. 

El auto resultó ser descomunalmente inmenso, detalle que complicaba sustancialmente la tremenda tarea de manejar con el VOLANTE A LA DERECHA!

A partir de ese instante comenzó una serie de capítulos intensos.

Éstos son algunos de los títulos que nos tocó vivir: 

  • NOS VAMOS A ESTROLAR EN CUALQUIER MOMENTO!  
  • VAS A ROMPER TODO EL AUTO!
  • SI NO TE GUSTA CÓMO MANEJO, MANEJÁ VOS!
  • NO TE DAS CUENTA QUE CASI NOS ESTAMPAMOS CONTRA EL CAMIÓN! 

Cada vez que subíamos al auto arrancábamos con la misma cantinela, que comenzó a disminuir al cuarto día, cuando llegó el momento de devolver el auto que, contra todos los pronósticos, sobrevivió sin un rayón.

Eilean Donan Castle
HIGHLANDS, ESCOCIA

MIS CONCLUSIONES SOBRE ESCOCIA

★ Escocia es ¡TREMENDA! Te lo digo muy seriamente, no te la pierdas.

★ Sin dudas, la mejor manera de conocer sus pueblitos, las rutas con paisajes descomunales, los fabulosos castillos (intactos y en ruinas) y sus lagos con monstruos famosos, es ALQUILAR UN AUTO.

★ Si vas con ese plan, definitivamente solicitá un auto chico. Es mucho más sencillo para manejarlo y evitarás la cuota extra de stress.

★ Edimburgo merece una visita de como mínimo 2 días.

★ Para recorrer los poblados de las Highlands una gran opción es dormir en Inverness.

★ Yo hice noche en Portree, en la Isla de Skye. Es pintoresca, típico pueblo de pescadores y vale la pena conocerla.

★ Stirling y su imponente castillo medieval son una visita indispensable.

★ Para hacer un recorrido completo por Escocia (incluyendo Edimburgo) necesitás entre 7 días y 10 días.

El 2010 recién comenzaba su camino.

Por aquella época yo transitaba los últimos meses de mis 39 años y andaba, por decirlo gráficamente, como bola sin manija, sin saber muy bien qué hacer de mi existencia. Laboralmente estable, peroooo… mi trabajo sólo me llenaba los bolsillos, no el espíritu. 

Si, si… no me pongas esa cara, porque creo saber lo que estás pensando… VIVIS EN ARGENTINA LOCA! Deberías estar feliz de tener laburo y un sueldo respetable! Ni hablar si hacíamos una rápida evaluación de mi situación de ese momento: divorciada, con las 2 hijas más maravillosas que podía imaginar, por entonces de 14 y 10 años, un ex-marido poco generoso (por ser MUUUUYYY  diplomática) , dpto alquilado y otras menudencias que no vienen al caso pero sumaban puntos para la obtener la calificación POCO FAVORABLE PARA ANDAR JODIENDO con boludeces!  

Básicamente ameritaba que le prenda cada noche una vela al santoral completo. Y así era, la verdad pura y cruda… racionalmente era muy consciente de eso. 

Pero viste que el famoso vacío existencial no afloja ni un milímetro… por más que te repitas eso una y mil veces, no? Y cómo frutilla del postre estaba en la cuenta regresiva, a meses de cumplir 40 AÑOS!

El escenario de mi vida era como una BOMBA NUCLEAR a punto de explotar!!!


Hagamos un rápido repaso de mi situación por aquellas épocas:

★ Trabajo: relativamente estable

★ Ingreso de dinero: aceptable

★ Hijas: nivel superado!

★ Familia: todo ¨normal¨

★ Vivienda: alquilando

★ Amistad: impecable

★ Espiritual: MUUUUUUY flojo de papeles

Me encontraba inmersa en un caldo de cultivo maléfico. Y para completar mi trágica lista existencial de aquél entonces, obviamente faltaba una ingrediente esencial: AMOR! En ese rubro mi situación era sencillamente LAMENTABLE.

Cansadas de verme en modo trapo de piso, mis queridísimas amigas decidieron poner en marcha una campaña que supo llamarse “NO TE BANCAMOS MÁS CON ESA MALA ONDA”.

Y con ese espíritu inquebrantable que nos caracteriza a las mujeres cuando alguna de las integrantes de nuestra cofradía está a punto de naufragar en aguas turbulentas, pusieron todo su empeño para rescatar a esta alma descarriada.

Ese aquelarre de locas se dedicó concienzudamente a pasearme por cuanta actividad encontraban a mano, sin importar lo descabellada, esotérica o inverosímil que pudiese ser, con el firme propósito de exorcizarme y volver a ser YO.


Transcurridas varias semanas de una frenética actividad descontrolada, debido al ESTADO DE ALERTA MÁXIMA declarado por el aquelarre, estábamos en condiciones de hacer una evaluación de los logros conseguidos:

★ CITAS A CIEGAS: 2 (ambas desastrosas)

★ AFTER OFFICE / BOLICHE: 5 

★ RECITALES: 1 (de Ale Sanz)

★ TAROTISTA (incluyendo numerología y runas): 1

★ MAESTRO CHAMAN (con sanción y limpieza energética): 1

★ LIBROS DE AUTOAYUDA: 3 (todos sin terminar)

★ SALIDAS DE COMPRAS COMPULSIVAS: entre 10 y 20 aprox…

★ CENAS: muuuuuchas

★ TARDES DE MATES: muuuuuchas mas

★ LITROS DE ALCOHOL: cifra desconocida

★ KILOS DE HELADO: cantidad vergonzosa (era verano…)

★ OBJETIVO CONSEGUIDO: entre 4 y 5 kilos de más cada una y una cifra ridícula de mangos gastados…

ESTADO EMOCIONAL DE LA SUDODICHA: CALAMITOSO

Además de las dolencias ya conocidas y detalladas anteriormente, ahora tenía que HACER DIETA! El panorama era francamente desolador… 

Agotadas todas las propuestas, ideas y sugerencias, a punto de declararnos en bancarrota absoluta, el aquelarre había llegado a un punto crucial por primera vez desde su origen: debía reconocer el fracaso de la misión y asumir que el caso en cuestión (o sea yo) estaba bajo los efectos de un hechizo demasiado oscuro y poderoso, resistente a su magia salvadora y sin salvación aparente.

Cuando la esperanza estaba a punto de perderse, algo inesperado sucedió!

Frente al Vittoriano.
ROMA, ITALIA

Después del colosal periplo del aquelarre, devenido en FRACASO ABSOLUTO, ninguna podía predecir que en aquella insípida tarde de febrero, de un calor tan sofocante que se nos secaron hasta las ganas de hablar, ocurriría el incidente que pasó a la historia catalogado como MILAGROSO!

No había demasiado por hacer… El plan era, básicamente, seguir engordando a base de kilos de helado con los que intentábamos refrescar nuestras agotadas neuronas.

En medio del sofocón, alguna tiró la pregunta: CHICAS, VEMOS UNA PELI? Traje una que dicen que zafa… (año 2010, no existía Netflix!). Bueno, dale! dijimos todas al unísono ya que estábamos, por decirlo elegantemente, al pedo como bocina de avión.

Era Angeles y Demonios, la continuación del Código da Vinci. Si la viste recordarás que se filmó en Roma. La película terminó sin mayores elogios por parte del aquelarre y “taza, taza, cada una a su casa”

Cada vez que recuerdo el episodio llego a la misma conclusión: esa noche mi mente se unió con mi alma y juntos hicieron MAGIA. 

Amanecí con un único pensamiento que ocupaba todo mi ser: TENGO QUE IR A ROMA. No era una idea, un deseo o una intención. No era un proyecto. Era una sensación física, palpable.

Sentía, con una certeza inexplicable en el cuerpo, que no existía nada que pudiera impedírmelo. 

Así de simple y así de claro. Con esa ILUMINACION DIVINA que me despertó aquella mañana 9 años atrás, se cerró una de las etapas más oscuras que tuve la suerte de vivir. 


Fiel a mi personalidad intensa, lo único que hice desde que salté de la cama fue pensar en mi viaje a ITALIA.  Dediqué mi “mañana laboral” hablando con cuanto conocido tenía en la agenda para conseguir información que me ayudara a organizar mi viaje.

Pero el tiro me salió por la culata. 

Al parecer todos eran miembros de una secta llamada “CÓMO VAS A IR A EUROPA Y NO VAS A IR A PARIS”. Será que no me interesa ir a Paris… respondía yo sistemáticamente, iniciando un dialogo completamente inútil que terminaba con el interlocutor de turno diciéndome: no te parece que sos ¿un poco? testaruda…

Testaruda YO? Por favor!!! Que ridiculez!

Tocó el turno de hablar con mi hermana quién, por supuesto, pertenecía a la misma secta. En medio de la conocida charla inconducente, larga un alarido y exclama: “BOLUDAAAAA (cariñosamente obvio!) Me acabo de acordar que Juan de los Palotes está viviendo en París! Seguro te podés quedar en su casa!

Mi aversión por la capital francesa bajó, automáticamente, mil puntos. Vivienda gratarola, aunque sea en París, podía ser interesante pensé entonces.

En mi horario de almuerzo salí eyectada de la oficina y recalé en la primer agencia de viajes que encontré. Cuál enajenada mental le digo a la mujer del otro lado del escritorio:

NECESITO COMPRAR UN PASAJE A ROMA! 

La vendedora, haciendo gala de un soberbio control mental, empieza con una retahíla de preguntas: Cuándo queres viajar? Por cuánto tiempo? Ida y vuelta a Roma? Qué otras ciudades te interesa conocer? 

La lista de preguntas era interminable y, evidentemente, no tenía ninguna respuesta.

Considerando mi situación como poco clara, la señora concluye que debería pensar un poco antes de tomar una decisión. 

NO EXISTE NADA PEOR EN TODA LA GALAXIA que decirle a un impulsivo irrecuperable que se vaya a pensar!!!

Me salía fuego por la nariz y chispas por las orejas. Cabizbaja y meditabunda me disponía a rumiar mi odio por ahí cuando, compadecida por mi frustración, la cordial empleada me dice: te puedo ofrecer una promo que termina HOY, para viajar en mayo únicamente. La ida es a París, con stopover en Roma y el regreso desde Madrid. Te interesa…?”.

Recién llegada a mi primer destino.
PARIS, FRANCIA

En un esfuerzo de producción me auto-obligué a reflexionar sobre la oferta de la vendedora, aunque honestamente mi decisión estaba tomada. Pero todavía tenía algunos detalles económicos no menores que resolver…

Comprar ese pasaje significaba AGOTAR TODOS MIS AHORROS.

Entonces me llegó otro salvavidas divino! Una de mis amigas me confirmó que podía disponer de su tarjeta de crédito para pagar el pasaje en cuotas!!! BINGOOOOOO gritó mi alma!

“Después veo cómo me banco la estadía en Europa” pensé, sumergida en mi modo kamikaze. Era febrero, tenia casi 3 meses para rescatar plata de donde sea… 

Escuchaba el susurro de la parte racional del cerebro: Majo estás loca, te vas a quedar sin un mango… Del otro lado, mi emoción era del tamaño de un tsunami, me aullaba sin parar, me repetía una y otra vez: HACELO!

Es el sueño de toda tu vida, estás a punto de cumplir 40 años y desde que tenés memoria conocer Europa es tu gran objetivo”.

No lo dejes pasar! No podes perder esta oportunidad, no todas cuenta que el universo de alguna manera te esta ayudando de todas las maneras posibles para que viajes!

Hoy, mirando para atrás, estoy convencida que ESE fue uno de mis más grandes méritos en toda mi vida: haber escuchado a mi emoción.

Era una decisión completamente descabellada. Tenía dos hijas chicas, tenía que dejarlas por 3 semanas, tenía mil cosas “más importantes y necesarias” para comprar, tenía que pagar alquiler y una lista larguísima de todos los TENÍA del aquél momento.

Estaba aterrada, pero ESA VEZ DEJÉ QUE MI EMOCIÓN ME GUÍE. 

Voy a hacer este viaje, como sea. De alguna manera lo voy a resolver… me dije a mi misma, convencida que era la mejor decisión que podía tomar. Y así, sin mayor análisis, le puse una mordaza a la razón.

Esa misma tarde salí de trabajar y compré mi primer pasaje a Europa.

Foros Imperiales.
ROMA, ITALIA