Alicia en el País de las Maravillas

Roma me esperaba pacientemente…

Con una parsimonia acumulada a través de siglos de historia. Su memorable bienvenida comenzó en la frenética estación Términi, un perfecto ejemplo de moderno inframundo desquiciado que contrasta violentamente con colosales anfiteatros, ruinas de foros imperiales, fuentes esculpidas y plazas descomunales.

Todo empezó con la deliciosa experiencia de bajar con mi odioso valijón roto del tren (se me rompió en Venecia, otra imborrable anécdota que te cuento ACÁ). Y eso que tuve mucha suerte! Cuando me debatía en plena lucha libre con el abominable mamotreto de 23 kilos que descansaba plácidamente a 2 metros de altura, en el estante reservado para el equipaje, dos franceses (a los que amé con locura en esos 10 segundos) se ofrecieron a ayudarme y bajármelo.

Empecé a caminar por el interminable andén, sacudida por ráfagas de turistas. Milagrosamente llegué a la estación del metro A.

Y entonces, bingo!!! Las escaleras mecánicas no funcionaban.

Completamente resignada, me dispuse a subir los miles escalones que parecían reproducirse mientras yo los escalaba con mi tortuosa valija a cuestas.

Diez minutos después esperaba el subte con dirección a Anagnina, en un estado absolutamente deplorable. Me caían las gotas de transpiración, había acumulado varias decenas de puteadas tanas y todavía no podía recuperar la respiración que perdí en el tercer escalón.

La cuarta parada era mi estación, Re di Roma, buen nombre pensé. La alegría me duró poco. Frente a mí se materializó una nueva escalera, eterna como la ciudad y completamente despreciable para mi gusto. Busqué un ascensor inútilmente.

Era evidente que mi viaje crucis todavía no había terminado.

Como premio de aquél inolvidable momento me gané un legendario dolor de espalda que me acompañó por varios días.

Cargando con mi detestable equipaje, me entregué con absoluto esmero y dedicación, a la ardua tarea de ubicar el hostel elegido. Mi experiencia previa en Italia buscando el alojamiento correspondiente no era muy favorable…

Caminaba pensando en su extravagante nombre “Alice in wonderland“, Alicia en el País de las Maravillas… Me imaginaba una inmensa fachada multicolor, cortinados floreados y exóticas esculturas aguardando divertidas la llegada de los nuevos huéspedes.

La realidad me volvió a sorprender. Me encontré frente a una inmensa puerta de madera, aburridamente lisa y sin ningún decorado. Al costado izquierdo un descomunal tablero metálico se desplegaba brillante, donde 30 timbres aguardaban pacientemente su turno para sonar. Por supuesto NINGUNO de ellos estaba identificado con el ocurrente nombre en cuestión.

“Puede ser que para encontrar un hostel en Italia siempre hay sufrir como testigo falso???“ me pregunté, completamente azorada.

Decidí implementar el famoso truco de pararme en la puerta hasta que alguien entre o salga y preguntar. Pero, como diría nuestro querido amigo Tusam, puede fallar…

El primer humano que abrió el portón resultó ser un anciano, de audición limitada y vista deplorable quién, al no entender mi lamentable chapuceo simil italiano, ni descifrar los jeroglíficos del papel que le mostré, optó por ignorarme. El segundo, un auténtico espécimen de la familia de los maleducados, respondió a mi desesperada pregunta con un portazo de novela.

Cansada del éxito, acomodé el maldito equipaje contra la entrada y me senté sobre él, a la espera de la suerte.

Llegó pronto. Era una rubia altísima de sonrisa eterna. Alemana y huésped del lugar en cuestión y rápidamente me pasó el informe completo: 

  1. el hostel estaba en el 3er piso y NO HABÍA ASCENSOR (seguía sumando éxitos).
  2. el encargado brillaba por su ausencia. En los 4 días que llevaba instalada ahí, nunca lo había visto.
  3. según sus cálculos, la capacidad del hospedaje estaba completa (ergo: yo no tenía donde dormir).
  4. me ofrecía amablemente, la mitad de su cama de 2 plazas, hasta que se resuelva mi compleja situación.

Nora, la simpática germana rubia no solo me ayudó con el mamotreto, sino que me explicó las normas mínimas del establecimiento y me hizo lugar en su habitación.

El abnegado empleado apareció milagrosamente el penúltimo día de mi estancia para recolectar el pago.

Así comenzó mi historia de amor eterno con Roma, mi lugar en el mundo.

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