Contigo, pan y cebolla

Érase una vez, allá por mayo del 2015, cuando el salteño y yo habíamos logrado alcanzar, casi caprichosamente, uno de nuestros grandes pendientes: hacer un gran viaje juntos. 

Nuestra relación había cumplido 4 años y nosotros unas cuantas décadas (él una más que yo), según marcaban despiadadamente nuestros documentos y el cruel calendario. Más allá de la obscena cifra resultante de la suma de nuestras edades, el sobresaltado noviazgo distaba años luz a la calificación de madura y se asemejaba bastante más a la de unos ventiañeros inexpertos, que poco sabían del amor, de una pareja, incluso de la vida misma.

El mayor de nuestros problemas de ese momento (a los dos nos gusta ir variando la problemática para no aburrirnos rápidamente…) era el económico.

Unos meses antes, gracias a mi infalible estrategia agotamiento psicológico, había logrado convencerlo de comprar los pasajes en cómodas cuotas, cuando envalentonados por una buena racha de venta, nos subimos a una ola de despiplume derrochador. 

Días después empezó la debacle. 

Pedidos cancelados. Pagos incumplidos. Clientes que desaparecían misteriosamente. Todo parecía un descomunal complot magistralmente orquestado con el fin de boicotear nuestro tan deseado viaje. Mi co-equiper atravesaba un momento, por decirlo decorosamente, descomunalmente caótico. Sus fluctuantes ingresos de entonces, se desplomaban irremediablemente como las hojas de los árboles con la llegada del otoño. 

El desbarajuste de guita que nos rodeaba era de tal magnitud, que nos encaminaba irremediablemente a la segura cancelación del viaje. Vivíamos cada día como una agonía repartida entre la ansiedad de que llegue la fecha de partida y el desconsuelo de no poder viajar…

Estaba segura que no iba a subirse al avión.

Yo esperaba su fatídico mensaje. Cuando el teléfono me anunciaba su llamado, yo predecía mentalmente la lapidaria frase: NEGRA (si, aunque no lo creas me dice negra…?) NO VOY A VIAJAR, ES UNA LOCURA. 

En esa inquietante espera coloreada con tonalidades de enojo y desazón, fueron pasando los días. 

Incluso mientras hacíamos la fila de migraciones en Ezeiza, la sensación de intranquilidad se había fundido con el fluir de la sangre, recorriendo con violencia mis venas. 

Estaba segura que en cualquier momento se iba a dar vuelta, arrepentido y carcomido por la culpa, ante semejante despilfarro de guita que teníamos por delante.

Pero mi nefasto pronóstico, afortunadamente falló.

Se subió, aterrado ante la perspectiva de un vuelo de 12 horas (viajar en avión le cae muy antipático) y desbordado emocionalmente por la irresponsabilidad de nuestra aventura.

Del otro lado del océano nos esperaba Barcelona. 

Durante los 5 días de nuestra estadía, la situación fue relativamente tranquila, aunque la preocupación nos sobrevolaba discretamente. Decidimos no visitar las principales atracciones turísticas, más por falta de interés que por plata, (él nunca fué aficionado a las atracciones turísticas y yo ya estaba un poco agotada de ellas), con excepción de la Sagrada Familia, una apuesta bien jugada que supo estrujarnos las tripas y desbordarnos la emoción. 

Pero nuestro segundo destino nos aguardaba anhelante, afilando sus garras despiadadas, dispuesto a destrozarnos los bolsillos y el precario humor que supimos construir en esos días, simulando que el monstruo de nuestra complicada economía ya no nos perseguía. 

En la terraza de las Galerias Lafayette, con una de las mejores vistas de Paris

París, tan soberanamente espléndida para billeteras abultadas como cruel para presupuestos ajustados, desplegó sus encantos frente a nuestros deseosos ojos: vidrieras inimaginablemente tentadoras repletas con montañas de quesos, ventanas invadidas por comidas humeantes, mesitas redondas con manteles cuadrillé adornadas con vinos de colores y pasteles rozagantes. Un descomunal derroche de abundancia gastronómica que se nos escapaba inevitablemente, cuando nuestra afligida mirada se posaba dolorosamente en los precios desfachatados, que bailaban frenéticamente en los carteles de boulangeries (panaderías), fromageries (queserías) y épiceries (fiambrerías), o en los menúes orgullosamente exhibidos en la puerta de sus cautivantes restaurantes.

A las pocas horas de nuestra visita parisina el panorama era tan claro como brutal: había que hacer economía de guerra.

La solución, para mí, era evidente: deberíamos ser muy cuidadosos con nuestros gastos de comida. En lo personal, me resultaba muy sencillo implementar esta medida. Más allá de mi desmesurado aprecio por el morfi, podía subsistir sin problema «picando por ahí» alguna de las innumerables y tentadoras delicias que se encuentran en los puestos callejeros que colonizan los caminos parisinos, una de mis actividades preferidas cuando viajo. 

El salteño aceptó desganado. Pero el acuerdo duró muy poco.

A las 24 horas, llegó el ultimátum.

Milagrosamente había salido el sol, bautizando aquella radiante mañana de primavera. Sentados en una improvisada mesa con dos banquetas, saboreábamos nuestro frugal desayuno, un discreto café para el señor, té para la señora, acompañados por una tibia croissant, exquisitamente crujiente, preparados con esmero por una anciana iraní, tan arrugada como simpática. La señora atendía un diminuto local casi escondido, justo enfrente a nuestro hotel y fue uno de los mejores hallazgos que hicimos al instalarnos en Montmartre, nuestro hogar por los próximos 5 días.

Los Jardines de Luxemburgo, uno de nuestros lugares preferidos en París

Entre dos sorbos de café, el salteño me estampo su resolución, completamente incuestionable por mi parte.

Muy serio me dice: NEGRA (después de tanto tiempo, todavía me parece ridículo su cariñoso apodo, teniendo en cuenta que soy pelirroja!) EN BUENOS AIRES GASTO 200 PESOS POR DÍA, O SEA 14 EUROS (al cambio de aquellas épocas doradas). A PARTIR DE AHORA, TE GUSTE O NO TE GUSTE, VOY A GASTAR ESO EN MI COMIDA. VOS HACÉ LO QUE QUIERAS.

La lógica del planteo era innegable y el reclamo justo. Los 5 kilos menos que acusó la balanza el día anterior, era un argumento tan sólido que no se podía rebatir. A partir de ese día, nuestro presupuesto gastronómico se estabilizó en los 14 euros por día para cada uno.

Y fuimos felices, aunque no comimos perdices!


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