Neuschwanstein, la bajada

El fantástico universo de héroes, valquirias y dioses había terminado.

Nos despedimos de las fastuosas pinturas de leyendas medievales, los muebles de madera exquisitamente tallados y el despliegue de confort monárquico, y regresamos a la realidad. Afuera, en el mundo real, las consecuencias del diluvio aún se presentían en el aire y un potente olor a lluvia conquistaba la tarde. Gruesas nubes nos engullían, velando el descomunal paisaje que rodea a Neuschwanstein. Apenas se intuía la presencia de sus árboles guardianes, y las montañas que enmarcan su noble estampa eran devoradas por un espeso vapor blancuzco. Emprendimos, entonces, la retirada.

Sólo había un camino posible: bajar.

Decidimos hacer el trayecto caminando, en lugar de tomar el bus. El cielo, aunque amenazador, parecía haberse calmado. Buscamos las indicaciones, pero no encontramos ningún cartel alusivo. La manada turística ya se había dispersado, sólo quedábamos 4 rezagados: una pareja asiática y nosotros. 

El salteño entonces, decidió seguir al nipón, que caminaba delante nuestro con determinación.

«El ponja debe conocer el camino» me dijo convencido. 

El argumento no me cerraba. El señor era tan turista como nosotros, ¿porqué iba a saber por dónde ir? Además la senda era demasiado angosta, era indudable que ése no era el camino correcto, pero mi socio estaba determinado en seguir al hombre de ojos rasgados.  

De repente, y sin preámbulo alguno, el mezquino asfalto que nos guiaba se esfumó.

Frente a mis ojos, la desafiante espesura del bosque me interpelaba. Me paralizé, temerosa. La idea de bajar por el medio de una tupida arboleda germana no me atraía en absoluto. 

Algo así, aunque un poco mas tenebroso, era el paisaje que tenía frente a mi…

El llamado del salteño, que ya estaba varios metros más abajo, activó mis movimientos. Empecé a descender muy despacio. El suelo, un peligroso barro negro, simulaba una pista de patinaje olímpica. Un sinfín de ensortijadas raíces surgían de la tierra con inquietantes formas y una perturbadora neblina gris pululaba entre los troncos oscuros. Con lenta cautela, empecé a internarme en el tenebroso espectáculo. 

El salteño me esperaba a la orilla de un pequeño arroyo. Su mirada transmitía cierta inquietud: el dúo japonés se había esfumado. Comprendí, con espantada claridad, que estábamos completamente solos y definitivamente perdidos. Una multitud de temores me embistió sin piedad.

«Si nos pasa algo acá, nadie nos va a venir a buscar» pensaba angustiada. El odioso razonamiento taladraba mi mente. 

Entonces el cielo se desplomó y la oscuridad repentina se abalanzó sobre nosotros.

Una catarata de agua helada se filtraba por entre las miles de ramas. Me movía en cámara lenta, concentrada para no pisar en falso, caerme y fracturarme una pierna. La otra parte de mi cerebro se debatía en una biblia de insultos especialmente dedicados al salteño, al japonés y hasta al desubicado rey que se le ocurrió la ridícula idea de construir un castillo en medio de ese bosque maldito.

Estaba aterrada. Nada de esa ridícula experiencia me parecía divertida. Sentía como el miedo subía de a poco por mis piernas, como un veneno expandiéndose letalmente por el cuerpo de la víctima, haciéndolas tan pesadas que apenas podía moverlas. Mi corazón latía estrepitosamente, lo sentía retumbar contra las paredes de mi pecho. Un gigantesco nudo me oprimía la garganta.

Perdí la noción del tiempo. ¿Es que no llegaríamos nunca a alguna parte?

En medio de mi ostracismo de furia y miedo, vi a la distancia unos puntos de colores. La esperanza brotó fulminante. Allá lejos parecía haber algo más que árboles. Minutos después pudimos distinguir con claridad, las figuras de los turistas bajando por el camino correcto. 

Respiré profundo y el miedo se evaporó. Habíamos llegado. 

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  1. Parece que Estambul es un situ fascinante!! Antes no le había llamado la atención, pero después de leer las líneas…

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