Pasión Eterna

Italia nos reclamaba con la fuerza ancestral de la tierra de nuestros abuelos, un imperioso llamado  de raíces familiares, sangre de parentela y apellido heredado. 

Recién llegadas a Roma, en lo alto de Piazza Spagna

A nuestros 41 años, aquella tierra prometida con forma de bota se había convertido en nuestro anhelo más preciado. Para ella, una de mis mejores amigas, ese viaje sería su debut en el viejo continente. Para mí, la repetición de una trillada fantasía nacida en la infancia.

La idea de volver a pisar el suelo italiano me envenenaba de emoción.

Llegamos a Roma el 26 de mayo de 2011. La ciudad se fundía lentamente bajo el ardiente sol de primavera. Nos instalamos en un pequeño pero decente hotel cerca de Términi. Su extraño diseño incluía una pileta de manos en medio de nuestras camas, rarezas que sólo se encuentran en Italia. Abandonamos nuestras valijas, juntos a los últimos vestigios del frío porteño, en un rincón de la bizarra habitación y salimos al intenso calor de la tarde, dispuestas a exprimir la gloria de la ciudad eterna. 

Mientras mi amiga cumplía con las visitas de rigor, la extensa lista de los «hay que ver», yo exploraba el barullo romano, con la liviandad de haber honrado los mandatos turísticos un año antes. 

Roma volvió a deslumbrarme, esta vez con sus verdades sin maquillaje, que fui descubriendo sin mapa, sin horarios y sin planes. Tuve tiempo para admirar sus puertas gastadas, sus paredes rotas y sus infinitas fuentes. Robé conversaciones al paso, me abandoné a sus aromas desordenados y me perdí en el laberinto de los siglos atesorados en sus calles. 

Un día antes de partir, hicimos plan para ir a cenar con Cristian, un romano al que habíamos contactado por Couchsurfing. Su objetivo era practicar español, idioma que estudiaba hacía unos años. Nosotras queríamos conocer algo de la Roma auténtica. 

Quedamos en encontrarnos a las 7.30 pm. El atardecer envolvía la ciudad con sus colores de fuego, esa tonalidad dorada que anticipa los misterios nocturnos y ablanda los corazones humanos. El sofocante ambiente del día empezaba a diluirse con una sutil brisa fresca. Nos sentamos al costado del Panteón. Su imponente silueta comenzaba a fusionarse con las sombras del ocaso. 

Estábamos nerviosas, por diferentes motivos.

A ella, la idea de salir con un desconocido no le caía en gracia. «¿Y si es un asesino serial?» me preguntó ansiosa mientras encendía un cigarillo. 

Mis inquietudes, en cambio, no eran de índole criminal, sino más bien logísticas. ¿Cómo reconocería a nuestro futuro guía en medio de la oscura multitud? 

El Panteón, el lugar donde comenzó una de las veladas más maravillosas de nuestro viaje

Mientras exprimía sin éxito mis recuerdos de las fotos del tano en su perfil de Couchsurfing, un hombre de unos 35 años, morocho, portador de un pequeño bigote y cara de no ser un delincuente perverso se para frente a mí. 

En un español italianizado me dijo: «Tú eres Majo ¿verdad? Te reconocí por tu capelli arricciato» indicando con un gesto inequívoco mi pelo enrulado. «Soy Cristian. Bienvenidas a mi hermosa ciudad» nos dijo haciendo una pomposa reverencia en el aire y ostentando una sonrisa digna de un experto maestro de ceremonias, nos conquistó sin demora.

Caminamos unos 400 metros hasta nuestro destino: una ruidosa y caótica trattoria, desprovista de turistas. El local exhalaba esencia romana. Seis mesas de madera rústica, sin mantel, invadían por completo el pequeño salón. Una multitud de banderines multicolores colgaban del techo y las paredes exhibían orgullosas decenas de fotos antiguas, recortes de periódicos amarillentos y camisetas de futbol de todos los equipos italianos, autografiadas por las estrellas de turno. Un robusto aroma a filetto nos acarició el alma mientras la voz inconfundible de Rita Pavone nos abrazaba cálidamente.

Cumplidos los saludos de rigor, Cristian pidió unos tonnarelli cacio e pepe para los tres. «La mejor pasta de Roma» aseguró nuestro anfitrión. 

La cena fue soberbia.

No sólo por la exquisitez de la comida, sino por la charla compartida. En dos horas nos contamos los titulares de nuestras vidas, una próspera conversación bien aceitada por abundantes copas de vino tinto que aflojaron rápidamente nuestras palabras.

Con las tripas contentas y el corazón lleno, nos internamos en la noche. Nuestro guía nos escoltó hasta «la mejor gelateria di Roma», un estridente negocio bien luminoso, ubicado a pocos metros del Panteón, que para entonces se elevaba altivo sobre el cielo estrellado. 

Terminado el postre, Cristian nos propuso dar una vuelta por Roma en su auto. Mi amiga, la mitad prudente del equipo, me miró dudosa, lanzándome con sus ojos la repetida pregunta: ¿No te parece peligroso? 

Pero para mí, la mitad impulsiva del dúo viajero, con un ADN completamente desprovisto de la noción de peligro, subir al auto de un romano que habíamos conocido hacía dos horas, me parecía el mejor plan del momento. En un sutil movimiento me acerqué a mi compañera de viaje y le susurré disimuladamente al oído: «Tranqui amiga, no nos va a pasar nada» le prometí, como si fuese una heroína encubierta, capaz de protegerla del supuesto delincuente camuflado de tano amable con mis superpoderes.

Y con un rotundo SI de mi parte, nos subimos a su «macchina».

Terminada la cena, listas para salir a disfrutar la noche romana.

La primer escala del raid nocturno fue el Trastevere. A esa hora, el barrio más bohemio de Roma estaba invadido por hordas de jóvenes, que pululaban por sus callejones en penumbras y desfilaban frente a una multitud de bares. Cristian nos guiaba con seguridad por la indescifrable maraña de calles, hasta que llegamos a un pub escondido detrás de una puerta desvencijada. Adentro, en un desordenado universo de música, luces agonizantes y voces revueltas, probamos unos shots de mousse de chocolate y licor que aniquilaron el cansancio acumulado. 

Con la energía renovada por el alcohol, volvimos a subir al auto, que trepó hasta la cima del Aventino, una de las siete colinas romanas. Caminamos por el Jardín de los Naranjos y admiramos la ciudad desde lo alto. A pocos metros de ahí, espiamos la cúpula del Vaticano a través de la cerradura de la puerta del Priorato de los Caballeros de Malta. 

Partimos entonces rumbo al Coliseo, que engalanado de luces presumía aún mas de su soberbia estampa. Perdidas por las maniobras automovilísticas de Cristian en el complejo mapa romano y todavía anestesiadas por la visión del anfiteatro iluminado, no pudimos anticipar el próximo destino. 

Nuestro piloto avanzaba a paso de hombre por una ancha avenida, para que pudiéramos admirarla sin apuros. Al fondo, la monumental Basílica de San Pedro nos esperaba, radiante como un faro sagrado.

Estábamos desquiciadas de felicidad. El invaluable tour privado superaba todas nuestras fantasías. Pero el romano tenía una última sorpresa para darnos. Estacionó el auto en un ángulo imposible y nos lanzamos a la noche.

la madrugada había asaltado la ciudad, dejándola casi desierta de turistas.

Unos pocos peatones deambulaban por sus lisos adoquines de historias gastadas, Atravesamos Piazza Navona, mi plaza preferida en una ciudad conquistada de plazas. Las fuentes, más imponentes que nunca, refulgían con los destellos acuosos de sus cascadas. Despojada de las multitudes, pudimos contemplar sus soberbias proporciones sin la contaminación del gentío. Era tan raro ver Roma sin los ejércitos de extranjeros… parecía una mujer desnuda mostrándose sin tapujos. Caminábamos por una calle oscura y estrecha cuando nuestro conductor nos pidió que cerremos los ojos. Mientras caminaba sin ver, empecé a oír un fresco murmullo, que crecía con cada paso. Me resultaba familiar pero no conseguía descifrar su origen.

«Ahora pueden abrir los ojos» nos anunció Cristian con satisfacción, orgulloso por la magnífica puesta en escena que había logrado orquestar.

Las lágrimas asaltaron mis ojos y la emoción me inundó sin anestesia.

Quería capturar su imagen para siempre, capturarla, adueñarme de cada uno de sus blancos centímetros. Su imagen resplandecía sobre el estanque verdoso, convirtiéndola en una fantástica visión mitológica. La Fontana di Trevi nos embistió con violencia feroz, destrozando nuestra revolucionada sensibilidad con la fuerza de su perfección. Nos quedamos mudas, intentando asimilar la felicidad vivida en esas horas, agradecidas de estar ahí, viviendo ese preciso y precioso instante juntas.

En la Fontana di Trevi, terminando una noche inolvidable.

Nos despedimos de Cristian con tristeza, alegría y gratitud. Ese romano desconocido, sospechoso de crímenes perversos, consiguió algo que yo creía imposible: que mi flechazo por Roma se convierta en un amor tan eterno como ella.

FIN.


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