Gracias a la verborragia de un ilustre desconocido, descubrí una de las experiencias más extraordinarias que, afortunadamente, pude vivir.

Érase el mes de mayo de 2010 y yo andaba girando en tierras europeas por primera vez en mi vida.

Iba en tren de Venecia a Florencia, inmensamente feliz ante la perspectiva de tener unas horitas libres para DORMIR!!! (debería existir una palabra para definir el agotamiento abrumador que nos invade en esos viajes, no?). La ilusión de una siesta de 2 horas era la gloria absoluta!

En algún momento del trayecto, mientras yo flotaba en medio de un sopor abismal, se sentó al lado mío un turista asiático con unas ganas incontenibles de hablar.

Mi estado era lamentable, pero a él no le importó en lo más mínimo. Bastó que yo parpadee un segundo, para que este personaje ponga quinta a fondo con su monólogo, que articulaba en un dialecto imposible de descifrar, mucho menos para un ser que no podía balbucear ni media palabra. 

Su charla me llegaba en medio de una brumosa confusión.

Intentaba pescar algún concepto coherente dentro una desordenada mezcolanza de palabras en ingles bañadas en acento vietnamita (una de las pocas cosas que entendí de su apasionado coloquio).

Así seguimos largo rato. El vietnamita, al mejor estilo Tato Bores, seguía con su exposición infinita mientras yo intentaba hacer resonar un mmmmmm cada tanto. En medio de esta cháchara tortuosa, el orador repetía una palabra sin cesar, nosequeSURFING una y otra vez…

Llegamos a Florencia, ALELUYAAAAAAAA HERMANOS!. Nos despedimos en Santa Maria Novella. Él, feliz por la “conversación“. Yo, más agobiada que antes y con un humor definitivamente dudoso por haberme quedado sin la bendito siesta. 

No tenía idea que el «discurso vietnamita» había sido un regalo del universo.

Para eso faltaban muchos meses por delante…

Unas horas antes de subir al tren donde me cruzaría con el vietnamita.
VENECIA, ITALIA

Unos 10 meses después de aquél memorable viaje en tren, estaba planificando mi segunda odisea por el viejo continente. 

Mi primer viaje me había volado la peluca, LITERAL. Volví con el mate detonado, el corazón encendido y el espíritu desbordado de emociones. Apenas me bajé del avión que me trajo de regreso, me dije a mí misma: EL AÑO QUE VIENE VUELVO. Ese fue el poderoso mantra que me repetía a mí misma cada día desde ese momento.

Lo conseguí. 

De alguna manera milagrosa logré comprar mi segundo pasaje en mil cuotas. 

Esta vez no me iba sola. Mi mejor amiga se adosó a mi viaje cual garrapata famélica. “Vos organiza el viaje como mejor te parezca, yo confío en lo que vos decidas” me dijo en una calurosa tarde de enero, evidentemente bajo los efectos de una fuerte insolación que le había trastocado la cordura.

Genial! Me dije. Y me sumergí apasionadamente en la maravillosa tarea de la planificación. En eso andaba una tarde de domingo, buceando entre páginas de vuelos low-cost, trenes y hoteles cuando, mágicamente, aparece en mi pantalla un estridente aviso multicolor que bailaba al son de una rumba.

Las letras danzantes me preguntaban: ¿CONOCES COACHSURFING?

Por algún motivo, esa palabra me sonaba familiar. Dónde la escuche? Alguien me la nombró! Mi disco rígido funcionaba a una velocidad inusitada tratando de pescar ese nombre dentro del mar de mi memoria.

Y así, como un FLASH SISMICO me acordé! Los cabos sueltos se conectaron en segundos: el tren, el vietnamita, Coachsurfing!!!

Fué un autentico INSTANTE AET (Ahora Entiendo Todo) que locura cuando te pasa, NO? Ahí lo tenia, con total claridad, al vietnamita que casi un año atrás me había filtrado el bocho con su monólogo inentendible. 

El tipo me había estado hablando de COACHSURFING durante casi 2 horas, contándome las maravillas de un sistema que, a medida que leía su pagina web, me fascinaba cada vez más.

Después de investigar qué corno era COACHSURFING no me quedó otra alternativa que llegar la siguiente conclusión:

Me encontraba frente a una propuesta de una genialidad despampanante.

Paso a explicarte: Coachsurfing es una comunidad mundial, donde personas de todas partes del planeta ofrecen un espacio de su casa, de manera absolutamente GRATUITA, para hospedar a turistas que visiten su ciudad. El espacio ofrecido puede ser una habitación privada, compartida o simplemente un sofá (de ahí su nombre, COACH significa sillón en ingles). 

El principal objetivo del sistema es, por supuesto, el intercambio cultural que se genera entre el anfitrión y el viajero. Con la premisa de vivir una experiencia auténtica para ambos, una receta magistral sin ningún ingrediente económico. 

Un maravilloso intercambio de buena fe sin fines de lucro.

Un descomunal WIN-WIN MUNDIAL donde todos ganan. (Y lo que se gana no es dinero!). Para acceder a esta panacea fantástica, muy delirante para nuestra desconfiada mentalidad sudamericana, deberás completar tu perfil contando cómo sos, escribir sobre tus intereses, gustos y hobbies y todo lo que puedas detallar sobre vos (con la mayor honestidad posible obviamente).

Al igual que en cualquier buscador de alojamiento, buscás la ciudad del mundo que vas a visitar, la fecha y VOILA!. La magia del buscador te devuelve una lista de todas las personas que podrían recibirte en su casa para el momento de tu viaje. 

A veces esa lista es extensa, a veces escueta. Llega entonces el momento de elegir tus potenciales anfitriones, para lo cuál es importante leer los perfiles de ellos y ver con cuáles tenes mayor afinidad, cuáles te caen bien o te dan buena vibra. Claramente la intuición en esta instancia juega un rol fundamental. 

Una vez que elegiste a tus “candidatos“ llega el momento de pedir alojamiento. Les envías un mensaje contando de qué va tu viaje, por cuánto tiempo necesitas alojamiento, con quién viajas y eso. Y después a esperar las respuestas.

Todo este descabellado sistema esta basado sobre calificaciones y recomendaciones.

Cada vez que te alojás en la casa de alguien, ambos se regalan estrellitas y elogios o comentarios poco simpáticos, dependiendo claro, cómo resultó la experiencia.

Estaba desbordada con esta maravilla, la idea de alojarnos en casas me parecía fabuloso. El chiste del cuento es que yo tenia CERO recomendación y pretendía que me reciban no solo a mí, sino a mi «garrapatamiga». 

Tenía por delante una verdadera Misión Imposible…

Con mi «garrapatamiga» paseando por la Costa Amalfitana
CAPRI, ITALIA

No había otra opción… me tenía que encomendar al elenco estable del santoral si pretendía que algún alma caritativa nos reciba en su casa sin tener NINGUNA RECOMENDACION en Coachsurfing.

Claramente debía esmerarme mucho para que mi perfil sea una especie de encantador de serpientes y que nadie pudiera remotamente dudar que se trataba de dos argentinas maniáticas psicóticas.

A todo esto, mi amiga no tenía idea de mis descabellados planes… no quería espantarla sin sentido. Por lo que tuve la “brillante ” (?) idea de esperar a que el milagro se materialice y contárselo después. Al principio fue muy frustrante.

Mandé decenas de solicitudes, la mayoría sin respuesta. 

Los pocos que se dignaron a responder me explicaban, muy educadamente, que no podían recibir a alguien sin calificación.

Pero si nadie me recibe al menos una vez, como hago!!! me preguntaba indignada, empezando a detestar este sistema que hasta dos segundos antes me parecía la mejor creación de la humanidad…

Cuando ya estaba a punto de descartar por completo el bendito coachsurfing, me llegaron 3 mensajes verdaderamente milagrosos.

¡Teníamos casa en Perugia, Florencia y Sevilla! 

Ahora sólo me quedaba la sencilla tarea de convencer a mi amiga de que no había enloquecido, que no nos iban a descuartizar ni íbamos a terminar siendo miembros de una secta satánica, que existen personas dispuestas a obrar con desinterés y no solamente por guita…

Después de una profunda charla existencial con mi queridísima amiga sobre los pros y contra de sumergirnos en mi descabellada idea de hacer COACHSURFING, decidimos hacer lo mejor que se puede hacer en este tipo de situaciones: encomendarnos a la voluntad del universo y que fluya.

No quiero entrar en detalles minuciosos de cada anfitrión, seguramente algún día te lo cuente, así como las inolvidables anécdotas que nos quedaron de esas experiencias.

Lo que sí quiero es expresarte con absoluta claridad y desde mi vivencia personal, lo que atravesó a todas esas personas que nos alojaron.

Lo que vivimos fue, sencilla y simplemente, nada menos que una de las máximas expresiones de generosidad.

Nos encontramos compartiendo comidas, paseos, charlas, amigos con gente que nunca habíamos visto y seguramente nunca volvamos a ver. Personas que nos abrieron las puertas de sus hogares por unos días desinteresadamente, que nos hicieron sentir lo mejor que pudieron cada una con sus posibilidades. Hemos vivido en lugares fabulosamente descomunales y en otros donde el espacio era mínimo, pero todos nos recibieron con gentileza, educación, respeto y aprecio.

Quizás no es una experiencia para todas las personas, ni para todos los viajes, ni para cualquier ocasión. 

Como todo lo que nos pasa en la vida, hay un momento para cada cosa, el secreto está en seguir tu intuición para elegir cuándo es el exactamente perfecto para vos.

Si algo de lo que te conté te hizo sentido, te generó curiosidad o un deseo irrefrenable de probar, no te quedes con las ganas! Dejá los miedos colgados en casa, sacudite las dudas y salir a disfrutar corazón! 

Vamos, que el mundo te está esperando y la vida esta en flor!

Mientras cebaba unos mates en el balcón aquella tranquila tarde de sábado, me acomodaba en la reconfortante soledad de mi casa. Mis hijas estaban con el padre hasta el lunes y yo tenía preparado un plan fabuloso: terminar de organizar mi primer viaje a Europa

Sólo faltaba un mes para irme y aún tenia varios pendientes. El más crítico era el alojamiento en Madrid. La demora se debía a un molesto tema financiero: mi liquidez monetaria era escasa y me limitaba a una o dos compras por mes.

En medio de la sangrienta batalla que sostenía con mi economía presupuestaria, recibo un pedido de socorro de una amiga: NECESITO QUE ME ACOMPAÑES A UNA FIESTA🥳 

La orden era indiscutible y no había escapatoria.

Mi fabulosa velada de sábado se hizo humo en un instante.

La “fiesta” resultó ser un asfixiante amontonamiento de gente apilada en un diminuto loft de Palermo. Al mejor estilo de un sauna improvisado, los deshidratados invitados tratábamos de mitigar la calidez del ambiente con turnos rotativos de permanencia en alguno de los dos balcones franceses del inmueble donde, ocasionalmente, se insinuaba un tibia brisa salvadora. 

Por fin llega mi turno para el balcón. Apoyada contra el marco de la ventana encuentro a otra acalorada asistente del festejo que intentaba exprimir las últimas gotas a una lata de cerveza vacía. El inevitable comentario “que calor” brotó en simultáneo y las dos largamos la carcajada. A los 5 minutos hablábamos como grandes amigas. 

”Tenés un acento raro, de dónde sos?” le pregunté con la confianza nacida del sofocón fiestero. 

”Soy argentina, pero viví 7 años en España. Volví hace una semana” me responde Chantal.

”Wowww qué bueno! Yo voy el mes que viene, es mi primer viaje a Europa”

”Te va a encantar! Vas a Madrid?”

”Sí, es mi último destino”

”Y dónde te quedas?”

”No lo sé, todavía no reservé hotel”

”Olvídate! Te quedas en mi casa, ya mismo le aviso a mi hermana que sigue viviendo allá”

”QUEEEEEE? Nos conocemos hace 8 segundos!⏱y me invitás a tu casa? Y si tu hermana no quiere? Te súper agradezco, pero no… por favor”

”No seas tonta! Mi hermana no tiene problema, te quedas en casa y listo! No se habla más!” sentenció Chantal, mientras escribía un mensaje en su celular.


Al otro día amanecí con el llamado de Chantal.

”Listo! Ya hablé con mi hermana. Está todo arreglado para que te quedes en casa” sentencia con determinación.

”Vos estás segura?” le pregunté por millonésima vez.

”Ufffff, qué pesada eres, mujer! Te quedás en mi casa JODER!!! Mandale un mail a Mariela y confirmale cuándo llegás”

Todavía abrumada por la invitación de la ilustre desconocida, hice lo que habitualmente hago cuando no sé que hacer: me relajo y que fluya. Mandé el correo con la información logística y decidí olvidarme del tema Madrid.

Hasta que llegó el momento de ir a Madrid. 

Todas las inquietudes me acosaron de golpe. Y si la hermana era una psicótica o traficante de órganos o asesina serial? Me torturaban los peores temores imaginables.

Porqué aceptaste esto? Sos una irresponsable! y mil reproches más me flagelaban mientras esperaba mi maleta en la cinta giratoria del aeropuerto de Barajas. 

Agobiada por escabrosas pesadillas imaginarias, enfilé rumbo al metro. Mientras caminaba ensimismada con mis terroríficas elucubraciones, me pareció oír un grito lejano. ”MAJOOO SOS VOS?” escuché a la distancia, pero no le dí importancia. Nadie me conocía en Madrid.

Entonces lo escuché claro y cercano: Majooooo. Apenas me dí vuelta me encontré perdida en un abrazo inmenso, un inconfundible abrazo argento. 

”Boludaaa, estás sorda? Te estoy gritando hace mil! Soy Mariela” me dice entre carcajadas por mi cara de asombro ilimitado.

Haciendo un esfuerzo mayúsculo logré preguntarle: ”QUÉ HACÉS ACÁ?”

Me mira desconcertada, como si mi pregunta fuera ridículamente inoportuna. 

”Cómo qué hago acá? Vine a recibirte!” me responde con naturalidad, como si tomarte un bondi y un subte, viajar 45 min para ir a recibir a una completa desconocida que tu delirante hermanita conoció hace 15 minutos en una patética fiesta en Buenos Aires y te la manda cual peludo de regalo a tu casa fuera lo más natural del planeta. 

Me abraza otra vez mientras me dice: ”Dale vamos a casa, que cociné un arroz de puta madre!”

En medio de mi monumental asombro, nos subimos al subte rumbo a casa…

Mariela y yo, en la Plaza de la Cibeles.
MADRID, ESPAÑA

Mi cuota de arte, cultura e historia estaba saturada y tenía el cerebro colapsado. Madrid fue el bálsamo sagrado que curó mi agotada existencia, después de 18 días de intensidad acumulada en París, Florencia, Venecia y Roma. Lo único que quería era caminar sin rumbo, horarios o visitas obligadas.

Fueron 4 días memorables. Mientras Mariela trabajaba, yo me perdía por las entrañables calles madrileñas. Nos encontrábamos al atardecer, con la urgencia de contarnos la vida entera, al son de infinitas cañas frías. Teníamos tanto por hacer y tan poco tiempo…

”PREPARATE, PORQUE HOY ROMPEMOS MADRID”

Fue la advertencia de Mariela mientras compartíamos nuestra última cena. Me atraganté con un bocado de tortilla que era la gloria del universo. Eran las 11 y yo estaba lista para dormir, pero mi socia tenía otros planes. Los pocos días compartidos con mi explosiva anfitriona me anticipaban la cruda realidad: tenía una larga velada por delante.

Cerca de medianoche comenzó aquella inolvidable peregrinación nocturna por la movida de Madrid. Descubrí que en el centro de la ciudad hay decenas de tablaos, boliches, antros y tugurios camuflados para despistar a peatones distraídos. Esa noche entramos a 5 diferentes!!!

”Aquél se pone bomba tipo 1, a éste volvemos a eso de las 3 y ése de ahí arriba explota para las 5” me informaba mi guía personal, experta en diversiones y afines.

Mientras me resignaba a la idea de no pegar un ojo esa noche, nos internábamos en la tenebrosa oscuridad de un sótano escondido. Cuando estaba a punto de huir de la nefasta covacha, unos acordes desafinados me hipnotizaron automáticamente. 

Detrás de una pesada cortina carmesí se materializó un pequeño escenario de madera donde, bajo unas luces gastadas, el cantaor hechizaba a la audiencia con al arte de su guitarra. Me acomodé en la única silla libre, dispuesta a quedarme a vivir en esa cueva convertida en un legendario tablao flamenco.  

Mientras me perdía en la mágica cadencia de la melodía gitana, mi intrépida socia conversaba sin parar con un  joven y elegante señor calvo…


El joven y elegante caballero pelado iba acompañado de 2 cómplices: uno alto, flaco y casi mudo, el otro un divertido parlanchín de novela. 

La noche se deshacía rápidamente. Los gitanos abandonaron sus cansadas guitarras y el hechizo se terminó. El legendario tablao flamenco volvió a convertirse en un lúgubre sótano escondido.

Afuera ya había amanecido. San Ginés nos esperaba pacientemente, para bautizar el nuevo día con su famosa tradición de chocolate con churros.

Con el cuerpo inflamado de calorías y el corazón desbordando alegría, me dispuse a cumplir mi último ritual pendiente: El Rastro. La visita al célebre e inmenso mercado callejero era el plan perfecto para cerrar mi paso por Madrid. Escoltada por la pandilla de Mariela y los 3 mosqueteros, recorrí los interminables puestos repletos de mareas de turistas bajo el fulminante sol de mayo.

Llegó la hora del adiós. Nos separamos con la felicidad regalada por la risa compartida. 

Contra todo pronóstico imaginable, en medio del bochinche, los gitanos y los churros, la anfitriona de ruidosas carcajadas se enamoró del alto, flaco y casi mudo. Y él de ella.

Horas después me subí al avión que me trajo de regreso. Sellamos nuestra despedida con un nuevo abrazo, inmenso, salpicado de lágrimas de amigas, de las nacen de las entrañas, nos anudan la garganta y nos marcan las mejillas y el corazón.

En unos meses se cumplirán 10 años de aquel mítico viaje que, como siempre te cuento, cambió mi vida. 

Mariela y el alto, flaco y mudo siguen juntos. 

La última vez que estuve en Madrid, me agarró de las manos y mirándome a los ojos con profunda emoción me dijo:

MAJO, QUIERO DARTE LAS GRACIAS. POR VOS CONOCÍ A ANTONIO. TENÍAS QUE VENIR A MADRID PARA QUE ÉL Y YO NOS ENCONTREMOS. TE DEBO MI FELICIDAD. 

Y aunque yo me sentía en deuda eterna con ella, por recibirme y abrir las puerta de su vida incondicionalmente, era ella la que me agradecía a mí! 

Nos volvimos a abrazar, con lágrimas de grandes amigas que se ven muy poco, pero bendicen el día que la vida las juntó. 

Nuestro ultimo encuentro, junio 2015.
MADRID, ESPAÑA