Una bienvenida muy bizarra

BIZARRA es la palabra exacta que describe nuestra llegada a Capadocia. Habíamos viajado toda la noche en bus desde Pamukkale (destino del cual ya hablaré en un futuro post). Fue un trayecto memorable.

Yo, fiel a mi costumbre de dormir en cualquier parte, me acomodé en dos asientos y dispuesta a descansar toda la noche. El salteño, fiel a su costumbre de no dormir bien en ninguna parte, mucho menos en un bus repleto de turcos, se resignó a pasar la noche en vela.

En algún momento de la madrugada, me despierto con unos sacudones. Era el salteño, que mientras me zamarreaba me decía: NOS VAMOS A MORIR! Hay una loca a los gritos, seguro es una de esas fundamentalistas que llevan una bomba encima, va a explotar el micro. NOS VAMOS A MORIR!

Antes de seguir con el cuento, hago un paréntesis para aclarar un poco la situación que estábamos viviendo. Desde que tengo memoria yo quería conocer Turquía, pero el salteño estaba negado. Desde el atentado en Estambul lo descartaba sistemáticamente. Sus elegidos eran Londres y Escocia, destinos poco atractivos para mí. Ya había estado en Londres y no tenía interés en regresar y Escocia no me llamaba ni un poco la atención. Después la amé.

Un día le dije: Como no vamos a ponernos de acuerdo el recorrido del viaje, te propongo que negociemos. Hagamos un viaje miti-miti. La mitad del viaje la elegís vos y yo te acompaño. La otra mitad la elijo yo y vos, ídem”. 

Aceptó mi propuesta. 

El resultado fue un viaje insólito con logística descabellada (lo que siempre recomiendo NO HACER!) pero no había opción.

Volviendo a la historia, estábamos en la parte del viaje que el salteño NO HABÍA ELEGIDO y que, obviamente, no estaba disfrutando).

Me esforcé para que mis neuronas conecten y procesen rápidamente la información que el señor me estampó en medio del descanso. De pronto escucho el supuesto “rezo suicida pre-estallido“. Era la voz de una mujer que repetía sin cesar, más o menos las mismas ininteligibles palabras, en una inquietante mezcla de llanto, grito y rezo.

Intenté averiguar que pasaba, pero ninguno de los pasajeros hablaba inglés…

Después de varios minutos del agotador y agónico lamento turco, mientras intentaba tranquilizar al salteño para que no se suicide antes de que explotemos, el micro paró en medio de la ruta, en medio de la noche, en medio de la nada…

Las terrazas de Pamukkale, Turquía

Desde mi ventanilla intentaba descifrar la bizarra situación que se desarrollaba afuera, en medio de la oscuridad. 

Los gritos de la supuesta “fundamentalista-suicida que nos iba a matar a todos“ destrozaban el silencio absoluto de la noche y dos hombres (supuse que eran el chofer y acompañante) trataban de tranquilizarla. Unos 20 minutos después el micro reanudó su marcha.

Pero la paz no duró mucho y a los pocos minutos… otra vez la misma cantinela. Grito, llanto y a parar en medio de la desolada pampa turca. Fueron 3 o 4 paradas (perdí la cuenta) y después silencio, el show por fin se había terminado. No sabemos si la señora se tranquilizó, la dejaron en medio de la ruta o la amordazaron. Cuestión es que la última hora de viaje fue en paz.

Estaba a punto de dormirme nuevamente, cuando otros gritos interrumpieron mi descanso. Esta vez era el chofer anunciando nuestra parada.

Atontados por el cansancio, los nervios, la confusión y el sueño bajamos del micro. La noche helada nos envolvió por completo. Estábamos en una pequeña terminal de micros, oscura y temerosamente desierta, donde debíamos esperar el bus que nos llevaría a Goreme, nuestro destino final.

Mientras buscábamos un lugar para refugiarnos del frío, resonó desde el vacío de la penumbra la voz de hombre que nos hablaba en turco. 

English? le pregunté, entre desconfiada y algo asustada. Afortunadamente me contestó en un dudoso inglés, suficiente para entendernos. Resultó ser el dueño de una de las agencias de viajes de la terminal. Al minuto desplegó el innato talento turco por excelencia y nos bombardeó con su oferta de actividades, dispuesto a salvar la noche con una venta.

Cuando se dio cuenta que nuestras prioridades entonces eran las más básicas, rápidamente cambió la estrategia. Me ofreció su sillón del escritorio para que me acomode y al salteño en una silla, prendió la calefacción y nos preparó un sublime té turco bien caliente, que nos devolvió el espíritu en segundos. 

Apenas vió que sus víctimas estaban en condiciones de negociar, volvió a la carga…

Goreme, nuestro destino final en Capadocia

Nuestro anfitrión, haciendo gala de un extraordinario don de vendedor, logró convencernos con el paseo en globo y un tour por la región. Nos ofreció ambas actividades a buen precio y su amabilidad merecía el premio de la compra. 

Cuando llegó el momento del pago, la cosa se complicó. Nosotros queríamos pagar con tarjeta de crédito y el señor no tenía la máquina correspondiente. Pero Cemal (así se llamaba) no se inmutó. Nos dijo que no nos preocupemos, que pagábamos después. 

“Cómo después?” le pregunté, sabiendo que no había posibilidad de que regresemos a la terminal fantasma.

“No hay problema, mañana a las 5 am los pasan a buscar” nos aseguró. Y dio por finalizada la transacción.

Tras cartón nos dice “Vamos que los llevo! Todavía falta más de una hora para que pase el bus”. Mudos por el asombro y sin saber muy bien cómo reaccionar, decidimos seguirlo. El turco nos guió hasta su auto personal y emprendió el camino. Para entonces estaba amaneciendo y sobre nosotros empezaron a aparecer unos pocos, después algunos más, hasta que el cielo, pintado de colores inimaginables, se llenó de globos y a mí se me estrujó la piel, se me anudaron las tripas y se me erizó el alma.

Cemal nos dejó en la puerta de nuestro hotel. “A las 5, estén listos” nos recordó mientras se despedía.

A la mañana siguiente estuvimos puntualmente listos, completamente seguros que no nos buscarían porque, básicamente, no habíamos pagado!

A las 5.10 am, una combi se detuvo en la puerta del hotel. Paseamos en globo. Al otro día hicimos el tour por Capadocia. Cuando volvimos al hotel, Cemal nos recibió con una sonrisa deslumbrante, venía a cobrar lo que nos había vendido y ya habíamos disfrutado. 

Bizarra. Asombrosa. Inolvidable. Así fue la bienvenida que nos dió Capadocia.

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